Juan Marsé, narrador de la historia no oficial

“Juan Marsé es un escritor claramente coherente en su trayectoria personal y profesional y ha sabido mantenerse al margen de las concesiones”, dijeron en 1997, los escritores Augusto Monterroso, José Antonio Masoliven, Guillermo Sheridan y el académico norteamericano Gerald Martin, al otorgarle, por unanimidad, el Premio Juan Rulfo, considerado desde entonces el “Cervantes latinoamericano”. El sábado, ese escritor coherente en su vida y en su obra, murió a los 87 años, en Barcelona, por problemas de salud que arrastraba.

El jurado del galardón, que en sus primeras ediciones habían recibido Nicanor Parra, Juan José Arreola, Eliseo Diego, Julio Ramón Ribeyro, Nélida Piñón y el mismo Augusto Monterroso, dijo entonces de Juan Marsé: “Es un narrador que ha elaborado una escritura que es una propuesta a la tradición realista original, y que puede ser leída en ambos lados de la lengua castellana: en España y en América Latina”.

Cuando Juan Marsé se enteró de que le había otorgado este premio que se da en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el novelista, cuentista y periodista dijo: “En general, en España los premios están contaminados por la política; en cambio, para el jurado reunido en México soy únicamente un novelista y punto. Aquí soy muchas más cosas”.

Juan Marsé, el escritor barcelonés nacido el 8 de enero de 1933, alcanzó el reconocimiento internacional con la publicación de la novela Últimas tardes con Teresa, que en 1966 ganó el Premio Biblioteca Breve; después vendrían muchas novelas más en las que retrató a una sociedad que sobrevive a la posguerra, en un arco que va del franquismo a la evolución de la democracia, que lo llevaron a ser considerado por la crítica como el autor de la gran novela del siglo XX y que le valió, en 2008, el Premio Cervantes.

Atesoró la memoria

La obra narrativa del escritor que perteneció a la llamada Generación de los 50, junto con otros escritores españoles como Juan Goytisolo, Jaime Gil de Biedma, Manuel Vázquez Montalbán, Juan García Hortelano, Carlos Barral, Eduardo Mendoza y Terenci Moix, está muy vinculada a esa Barcelona casi olvidada, de inframundos poblados de canallas y perdedores que Juan Marsé atesoraba en su memoria, y que era tan intensa que se propuso recuperar esas vivencias que “oficialmente no habían existido”, como él mismo señalaba.

“Sin memoria no somos nada”, afirmó el escritor que durante su discurso de recepción del Premio Cervantes dijo que la memoria suele estar “sojuzgada, esquilmada y manipulada” durante la posguerra. Era tal el apego de Marsé a esa creencia que incluso sentenció que “el olvido y la desmemoria forman parte de la estrategia del poder”.

Sin embargo, a Juan Marsé lo guió siempre la literatura. Si la memoria y las vivencias atizaban su escritura, siempre llevó esos hechos y esos relatos de su ciudad, de su barrio y de su sociedad a la ficción, lo que lo convirtió en un gran orfebre de la palabra, y un narrador que supo construir una literatura en la que había siempre invenciones y varias versiones de un mismo suceso.

Su verdadero nombre fue Juan Faneca, asumió el Marsé de la familia de agricultores que lo adoptó. Más que un novelista, Marsé siempre se consideró un narrador, alguien destinado a recuperar los recuerdos de la Barcelona de su infancia y de su juventud, en especial la de los habitantes del barrio obrero del Guinardó donde se crió, tras ser adoptado por una familia de clase trabajadora.

Una de las constantes en la narrativa de Marsé es su crítica a la burguesía catalana y el permanente conflicto entre las clases sociales, que impide a los personajes traspasar las fronteras de su mundo. Su literatura está marcada por esas fronteras que él logró sortear. A los 13 años abandonó los estudios para trabajar en una joyería y muy joven dio sus primeros pasos en la literatura, con cuentos y relatos.

Hombre de carácter reservado, serio, casi taciturno, reconocía que le daba apuro hablar en público, comentar aspectos de su literatura y asumir un papel en la esfera intelectual, pues rehuía de las “capillitas” y modas literarias, y disfrutaba de su total independencia como autor. Fue de ideología comunista.

Gran aficionado al cine desde su infancia, crítico y hasta guionista de cine, las adaptaciones al cine de sus propias obras nunca le agradaron.

Entre sus obras destacan La oscura historia de la prima Montse y Si te dicen que caí (que recibió el Premio Internacional de Novela de México), El amante bilingüe, El embrujo de Shangai y Rabos de lagartija.