Una de sus buenas acciones fue su decisión de eliminar el uniforme de los empleados de la residencia. “La primera vez que fui a visitar la Casa Blanca fue para tomar el té con Laura Bush y me fijé que había alrededor un montón de mayordomos vestidos de esmoquin sirviéndonos. Me llamó la atención que la gran mayoría eran hombres negros y latinos de edad avanzada”, señaló.
“Por eso, cuando nos mudamos con nuestras hijas Malia y Sasha, reflexioné mucho sobre cómo podía convertir esa mansión con mayordomos en un verdadero hogar para dos niñas de diez y siete años. No quería que crecieran con el recuerdo de que hombres mayores afroamericanos vestidos así sirvieron para ellas”, relata.
“La verdad es que esos mayordomos me recordaban mucho a mis tíos, a toda esa generación anterior a la nuestra y no quería que bajo ningún concepto que mis hijas guardaran en su cabeza ese recuerdo de su niñez”, agrega.
Otra medida que tomó fue pedirle al personal del servicio que no limpiaran las habitaciones de Malia y Sasha, ya que ellas tenían que aprender a hacerlo solas. “Ellas se quejaban y me echaban en cara que por qué a mí sí me lo hacían, pero yo les respondía que era la primera dama y eso es algo que va con el cargo oficial y ellas no tenían ninguno”, aseveró.
Aunque en su momento no entendían el porqué de la “drástica” medida de su mamá, hoy se sienten muy orgullosas de ella y de todo lo que ha logrado. “Estoy emocionada de que esté orgullosa de lo que ha hecho, porque creo que eso es lo más importante que debe hacer un ser humano, estar orgulloso de sí mismo”, comentó Sasha.











