Para celebrar el Día Internacional de la Danza, La Cebra Danza Gay se presenta por primera vez en tres estaciones del Sistema de Transporte Colectivo Metro. La pieza “Los cuatro jinetes del Apocalipsis”, del fundador y director de la compañía, José Rivera Moya, fue creada, en específico, para un espacio público.
Su puesta en escena es pertinente en la actualidad por la situación que se vive en el mundo, cuenta en entrevista Rivera Moya: “Caos, desastres naturales, guerras, hambrunas, pandemias y problemas políticos”.
En el Apocalipsis la imagen del jinete —continúa el coreógrafo— alude a la gloria, aquello que se quiere conquistar, y al hambre, la muerte y la guerra; el espectador decidirá qué le aporta el viaje de cada jinete. No es, en sus palabras, una obra narrativa, sino que se asemeja más a un viaje en el que se transmiten emociones.
Hace 27 años, cuando se fundó La Cebra —hoy conformada por Fernando Hurtado, Luis Tavera, Emmanuel Torres y José Rivera—, la línea era presentar las piezas, principalmente, en recintos institucionales. Esa intención inicial tenía como objetivo alcanzar un respaldo más sólido. Entonces, representar en espacios públicos ciertos temas fundamentales para la compañía —los derechos minoritarios, la violencia contra la comunidad LGBT— quizá no hubiera sido una tarea tan sencilla.
“La idea era que la población LGBT saliera del aislamiento y la clandestinidad de los antros, y que nos pudiera ver en espacios institucionales. En un momento, hace décadas, los teatros estaban llenos de la comunidad LGBT”, situación inédita, explica Rivera Moya. Tras la experiencia acumulada, los retos de La Cebra fueron otros: abordar nuevos espacios, por ejemplo. En 2018, Rivera Moya hizo una gira por los reclusorios de la ciudad y bailó para la comunidad LGBT de cada penal. “Fue maravilloso”, dice, pero este era el principio, a su vez, de nuevos retos: la apertura y búsqueda de nuevos públicos.
El germen de las tres jornadas detalla el coreógrafo, son las enseñanzas del maestro Raúl Flores Canelo: “No es que él haya bailado en el Metro, sino que era asiduo a presentarse en espacios públicos; con él, bailábamos en canchas de basquetbol, en el reclusorio, en las explanadas y prácticamente donde fuera posible”. Gracias a él, en esos años formativos, comprendió que no solo el trato institucional dignifica el trabajo. También desarraigó una creencia errónea: la de que solo el público especializado puede comprender la danza. “Nunca se sabe con quién se va a encontrar uno y a quién se le van a provocar emociones”.











