México * El Universal. Pionera de la danza contemporánea y el ballet moderno, la bailarina Isadora Duncan, quien murió el 14 de septiembre de 1927, alcanzó la perfección clásica a través de un estilo creado por ella misma, en el que el cuerpo debía ser translúcido para dar a conocer el alma y el espíritu.
Isadora, quien revolucionó el concepto dancístico conocido hasta entonces, nació el 26 de mayo de 1877, en San Francisco, California, Estados Unidos. A falta de un padre, se refugió en la educación clásica que recibió de su madre, Mary Dora Grey, quien le enseñó cultura griega y música clásica.
Dora Ángela Duncan Grey, su nombre real, pasaba todas las tardes imaginando formas con su cuerpo y escuchando piezas musicales de Franz Schubert, Robert Schumann, entre otros.
Desde los 10 años dejó sus estudios para dedicarse a lo que ella llamó su libertad y su alma: la danza. Al mismo tiempo, Isadora se interesó en la literatura y la filosofía. Basada en la imaginería romántica de John Keats, el realismo poético de Walt Whitman y la crudeza de Friedrich Nietzsche forjó su propia teoría de la danza.
Con toda su familia se mudó a Chicago, donde estudió danza clásica y junto a sus hermanos montó un espectáculo dancístico con el que juntos lograron subsistir. Posteriormente se trasladó a la ciudad de Nueva York, donde conoce al dramaturgo Agustín Daly, quien le da la oportunidad de participar en su compañía de teatro.
En ese ámbito, Duncan desarrolló su baile y, a pesar de que los críticos no toleraban ver a una mujer irreverente que bailaba descalza, con una túnica y sin maquillaje, admitían que en su danza había un arte original y apasionado.
Tras perder todas sus pertenencias en un incendio, Isadora y su familia se trasladaron a Londres para probar fortuna. Ahí, la bailarina conoció a promotores artísticos que la conectaron con las grandes compañías de danza y teatros.
Fue así como inició su carrera profesional, cuyo estilo se distinguiría por el toque de clasicismo antiguo, separándose del ballet clásico ruso.
Isadora Duncan fue víctima de un absurdo accidente, cuando la larga mascada que llevaba en el cuello se enredó en una llanta de su automóvil, provocando su muerte el 14 de septiembre de 1927, en Niza, Francia.











