La narrativa como cámara cinematográfica

“Me interesa mucho pensar la Historia como un gran archivo de ficciones posibles. La idea de que la Historia guarda múltiples historias alternativas cuyas posibilidades el escritor logra elucidar”, señala el narrador Carlos Fonseca (San José, Costa Rica, 1987) en torno a las intenciones literarias de Coronel Lágrimas, su debut novelístico. “Aquí se narra un día del alucinante proyecto de su protagonista, que se ha dado a la tarea de escribir una Historia alternativa de la Ciencia, una suerte de enciclopedia borgeana a través de la cual poder contar —en clave— la historia de su propia vida y del tiempo que le tocó vivir. Creo, en este sentido, que toda ficción es una forma de afrontar la realidad, al igual que toda realidad se ve atravesada por una multitud de ficciones que le dan sentido”.

Considerado por el escritor argentino Ricardo Piglia como su alumno más brillante en la Universidad de Princeton, Fonseca recuerda cómo fue que empezó a escribir esta novela: “Yo andaba inmerso en la escritura de otra novela, una novela menos fragmentaria, pero más melancólica. Un día, cansado de la voz narrativa que estaba usando en la novela original, una voz que me parecía demasiado solemne, me senté, tomé cuatro cafés seguidos y, en el furor del momento, decidí esbozar lo que luego sería el primer párrafo de Coronel Lágrimas”.

Ese párrafo inicial, que fija la pauta de tono y modo del libro, sitúa a los lectores en la posición privilegiada de intrusos o espectadores que, por intermediación de la voz de un narrador omnipresente, asisten en vivo a los quehaceres cotidianos e intelectuales del personaje central, en una atmósfera de reality show: “Esa mañana, cuando releí el párrafo, me pareció rarísimo, como si no lo hubiese escrito yo. Creo que escribí Coronel Lágrimas buscando aclarar cuán lejos podía llegar yo con esa voz narrativa, que algo tiene de cámara cinematográfica y algo de cámara de seguridad. Luego entendí que, detrás del acercamiento cinematográfico que marca el primer párrafo, se encontraba también la influencia de un pintor que se había convertido en mi gran obsesión durante la época anterior a la escritura de la novela: Chuck Close. De él había robado la idea de que el retrato de un hombre está compuesto por pequeños pixeles de información. Una vida, como un perfil, está compuesto por pequeñas historias”.