De las varias y buenas novelas de Mario Benedetti, La tregua es la que ha alcanzado mayor favor del público. La cotidianidad gris y rutinaria marcada por la frustración y la ausencia de perspectivas de la clase media urbana impregna las páginas de esta novela, que, adoptando la forma de un diario personal, relata un breve periodo de la vida de un empleado viudo, próximo a la jubilación, cuya existencia se divide entre la oficina, la casa, el café y una precaria vida familiar dominada por una difícil relación con unos hijos ya adultos.
Una inesperada relación amorosa, que parece ofrecer al protagonista un horizonte de liberación y felicidad personal, se abrirá como una tregua en su lucha cotidiana contra el tedio, la soledad y el paso del tiempo.
¿De qué trata?
Lejos de limitarse a un relato sentimental, la obra se adentra en cuestiones relacionadas con el paso del tiempo, la alienación del trabajo moderno y la capacidad de reinventarse aun en la madurez. La novela toma la forma del diario íntimo que permite capturar por completo la visión del protagonista. Así, permite un acceso directo al flujo emocional de narrador: sus vacilaciones, contradicciones, temores y deseos se despliegan sin mediación, con una sinceridad que no tendría cabida en una narración tradicional.
De este modo, todo ocurre filtrado por la mirada de Santomé, lo que deja zonas de sombra y exige que el lector reconstruya realidades omitidas o apenas sugeridas. La subjetividad del narrador, con sus prejuicios y lagunas, genera una visión ambigua. Así, no se puede saber con certeza quién es Avellaneda en su plenitud, ni cómo lo perciben sus hijos, ni cuál es la dimensión real de la transformación que experimenta el protagonista. Lo que el lector conoce es la versión limitada y cambiante de quien escribe.
Cada anotación supone un corte en la continuidad temporal y esa fragmentación acompaña la forma en que el protagonista experimenta su vida. Se trata de días aislados, iguales a sí mismos, atravesados por pequeños sobresaltos afectivos que van adquiriendo sentido en conjunto.
El lenguaje es deliberadamente sobrio. Benedetti evita florituras, metáforas excesivas o barroquismos. La voz narrativa de Santomé se caracteriza por un tono conversacional con observaciones incisivas, muchas veces teñidas de ironía. De este modo, todo ocurre filtrado por la mirada de Santomé, lo que deja zonas de sombra y exige que el lector reconstruya realidades omitidas o apenas sugeridas.
La subjetividad del narrador, con sus prejuicios y lagunas, genera una visión ambigua. Así, no se puede saber con certeza quién es Avellaneda en su plenitud, ni cómo lo perciben sus hijos, ni cuál es la dimensión real de la transformación que experimenta el protagonista. Lo que el lector conoce es la versión limitada y cambiante de quien escribe.
Cada anotación supone un corte en la continuidad temporal y esa fragmentación acompaña la forma en que el protagonista experimenta su vida. Se trata de días aislados, iguales a sí mismos, atravesados por pequeños sobresaltos afectivos que van adquiriendo sentido en conjunto.












