La vida social de los orangutanes

La vida social de los orangutanes

Un estudio llevado a cabo durante 15 años con orangutanes salvajes de Borneo ha descubierto que estas madres parecen modificar sus desplazamientos para que sus pequeños puedan jugar con otros de edades parecidas. Y eso exige un esfuerzo considerable.

Los orangutanes tienen una vida social bastante solitaria. Las madres pasan gran parte del tiempo con sus crías, que permanecen bajo su cuidado durante al menos los primeros siete años. Por eso, las oportunidades de jugar con otros jóvenes son relativamente escasas.

Los orangutanes salvajes de Borneo llevan una vida muy solitaria. Pero las crías únicas necesitan jugar con otros individuos para desarrollar habilidades físicas, cognitivas y sociales. El juego con otros individuos de edad similar desempeña un papel importante durante el desarrollo de los grandes simios de ahí la importancia de conseguir coincidir con ejemplares de la misma especie y edad sin importar el esfuerzo físico que este represente para las madres.

Fundamental para su desarrollo

¿Cómo logran acceder a compañeros de juego las crías que solo viven con sus madres y rara vez se reúnen con otros de la misma edad? Resulta que un estudio publicado el 6 de octubre de 2026 en la revista oficial de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos analizó quince años de observaciones hechas a 31 parejas de madres y crías de orangután de Borneo durante 32 mil 600 horas de registro.

Durante los años de estudio, los investigadores registraron que las madres con crías de edades similares compartían espacios del bosque en los que sus crías podían reunirse a jugar con otros compañeros de la misma edad. En este contexto, las oportunidades de interacción con otros jóvenes son relativamente escasas. Sin embargo, el juego entre individuos de edad similar puede contribuir al desarrollo de habilidades físicas y sociales relevantes para etapas posteriores de la vida.

Para poner en contacto a sus crías con otras, las madres reemplazaban su ruta habitual por la de otra madre. Al término de unos veinte minutos, regresaban al área del bosque que habitualmente habitan.

Los resultados de un nuevo estudio publicado en el medio PNAS aportan evidencias de que las madres no se limitan a encontrarse de forma fortuita con otras hembras y sus crías. Por el contrario, parecen ajustar el uso que hacen del espacio para aumentar la probabilidad de coincidir con madres cuyas crías tienen una edad similar, y recorren mayores distancias en torno a los días en que se producen estos encuentros de juego.

En concreto: estos hallazgos sugieren que la necesidad de experiencia social durante el desarrollo es una restricción fundamental de los ciclos vitales de los mamíferos, cuyos costes, en el caso de las especies solitarias, recaen de manera desproporcionada sobre las madres. “Revelamos un coste oculto de la vida solitaria”, afirma Maria van Noordwijk, autora principal del estudio. Además de proporcionar alimento y seguridad a sus crías, las madres orangután también tienen la responsabilidad de proporcionarles recursos sociales.

El juego de los orangutanes

Desde 2003, Van Noordwijk y su equipo siguieron a parejas de madres y crías en la estación de investigación de Tuanan, en la isla de Borneo, Indonesia, donde observaron orangutanes habituados desde la mañana hasta la noche. Los encuentros entre madres son poco frecuentes, pero cuando ocurren, suelen ser cautelosos.

“Los adultos normalmente no se acercan mucho unos a otros”, explica van Noordwijk, que dirigió el trabajo de campo cuando estaba en la Universidad de Zúrich. Sin embargo, las crías son diferentes. Se lanzan unas hacia otras, forcejean, se muerden y se agarran. Las crías de orangután tienen un “botón de juego” que solo la madre puede apagar cuando decide que ha llegado el momento de continuar el desplazamiento.