Las letras en México sobre Ucrania

Ucrania es una región que ha generado una cultura que pone en cuestión el totalitarismo. Cortesía
Ucrania es una región que ha generado una cultura que pone en cuestión el totalitarismo. Cortesía

Cercana y a la vez lejana. Así siente la escritora Margo Glantz (1930) a Ucrania, tierra natal de sus padres, a la que se acercó, estudió y visitó para escribir su libro Las genealogías, que publicó en 1981. La autobiografía familiar sobre los orígenes centroeuropeos de los Glantz sigue los pasos de su forzada peregrinación y asiste a su arraigo y florecimiento en México, a donde llegaron en 1920.

El padre de la novelista y ensayista, Jacobo Glantz, conoció a su madre, Elizabeth Shapiro, en Odessa (hoy Ucrania), donde se casaron. “Pero ellos hablaban ruso. Supe que mi padre hablaba ucraniano hasta poco antes de su muerte, cuando quiso regresar al idioma de su infancia”, comenta en entrevista.

“Visité Ucrania en 1981, cuando aún era parte de la URSS. Fui a Kiev y Odessa, a escuchar ópera y a ver museos. Tenía primos y tíos, pero todos hablaban ruso y se sentían rusos. Ya nunca regresé. Su historia no ha sido fácil, pero tienen un fuerte sentimiento antisemita, mis padres lo sufrieron”, evoca la académica.

El conflicto entre Ucrania y Rusia “es muy complejo, aún no logro entenderlo. No me atrevo a opinar. Muchos lo ven como una lucha entre buenos y malos. No es que me caiga bien Vladimir Putin (presidente de Rusia), pero creo que detrás de esta invasión hay muchas cosas ocultas”, dice.

Para el narrador Alberto Ruy Sánchez (1951) —quien dedica su novela más reciente, El expediente Anna Ajmátova, a esta poeta nacida cerca de Odessa en 1889, cuya obra fue censurada por Stalin—, la guerra que comenzó Putin es sobre todo contra la libertad. “Ucrania representó, desde la época de Lenin, la posibilidad de estar en contra de la cultura totalitaria. Fue temida, por sus esfuerzos democráticos, por Lenin, por Stalin y ahora por Putin. Es un territorio muy grande, una región culturalmente avanzada. Tiene riquezas increíbles. Pero, sobre todo, ha generado una cultura que pone en cuestión el totalitarismo”, afirma.

“En las últimas dos décadas, ha habido dos revoluciones en contra de tiranos. Y han instalado mecanismos autónomos que limitan el autoritarismo. Han instalado una cultura anticorrupción que se desencadenó a partir de que el último tirano que los quiso gobernar fue depuesto después de que la gente se sintió insultada porque vivía en un palacio”, agrega Ruy Sánchez. “Entonces, Putin quiere que fracase la autonomía antiautoritaria de Ucrania, que fracase  la posibilidad de libertad. Eso es lo terrible”.

El también poeta considera que “siempre ha habido autores que escriben en ruso; pero también aquellos que han creído que Ucrania tiene una personalidad que, aunque se escriba en ruso, es cosmopolita y no tiene por qué ser subordinada a un tirano”. Incluso, piensa que “parte de esta guerra contra la democracia está sucediendo también en América Latina; prueba de ello es la gira que realizó la semana pasada el viceprimer ministro ruso, Yuri Borísov, por los países totalitarios de esta región, Cuba, Venezuela y Nicaragua. No solo se juega la independencia nacional de Ucrania sino la imposición de un modelo autoritario”.

Finalmente, la escritora Iliana Olmedo, autora de la novela Chernóbil, ganadora del XV Premio Internacional de Narrativa 2018, que evoca como uno de los ejes temáticos la explosión en 1986 del cuarto reactor de esta central nuclear, destaca que esta zona es de suma importancia en este conflicto y “es clave para entender lo que pasó con la URSS”.

Para la doctora en Filología Española por la Universidad Autónoma de Barcelona, Chernóbil es una metáfora del fracaso de toda una generación de niños que crecieron escuchando sobre este accidente y que nunca fueron capaces de lograr sus sueños y perdieron la esperanza. Fue una de las causas del derrumbe de la URSS.

“La planta aún tiene altos niveles de radiación y cuando vi que las tropas se movilizaban hacia ella, supe que la guerra era inminente. Chernóbil sigue siendo un símbolo”, concluye.