Verónica Huesca * CP. El complemento indispensable de estas festividades son las pinatas.
Llegaron a México por medio de los colonizadores espanoles, y éstos, a su vez, las conocieron por los italianos. Incluso se menciona que fue Marco Polo quien llevó las pinatas a la península ibérica en el siglo XII, luego de haberlas conocido en el Oriente.
Fueron los chinos quienes confeccionaban una figura de vaca, de buey o de búfalo cubierta con papeles de colores a la que le colgaban instrumentos agrícolas. Esta figura servía para la ceremonia del inicio de la primavera. El buey o la vaca estaban rellenos de semillas de cinco clases que se derramaban cuando los mandarines las golpeaban con varas de diferentes colores. Luego se quemaba la pinata, cuyas cenizas eran consideradas de buena suerte.
Cuando esta costumbre oriental llega a Europa, se le adoptó para la Cuaresma; al primer domingo se le llamaba Domingo de Pinata. Ésta era una olla de barro con papeles de colores, llena de dulces y para romperla se vendaban los ojos. Cuando llegó a América, se le usó para atraer a la gente a las festividades populares, ya que también tienen una carga simbólica de carácter religioso. De acuerdo con el catolicismo, las pinatas tradicionales de 7 picos representan los 7 pecados capitales, que van a ser quebrantados. Al lograrlo, surge la nueva vida, representada con los dulces. Por ello, en el interior de una pinata tampoco debe faltar la fruta de temporada, como naranjas, limas, tejocotes, canas y cacahuates.











