Lección de humildad y erudición de Ida Vitale

La poeta Ida Vitale, Premio Cervantes 2019. Cortesía
La poeta Ida Vitale, Premio Cervantes 2019. Cortesía

Un final improvisado lo dijo todo. Ida Vitale (Montevideo, 1923) había finalizado su discurso. Acalló los aplausos con un gesto. “Querría hacerme perdonar la audacia de venir aquí, a este lugar, y meterme a hablar de Cervantes”, dijo. Solo después descendió las escaleras del púlpito laico del paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, donde ha recibido el Premio Cervantes 2018 de manos del rey Felipe VI. Había dicho lo que no estaba escrito y quería decir, una de esas “cosas absurdas y desacomodadas” que le salen del alma, como los besos que envió con la mano al público al recoger el premio y al rey tras escuchar su discurso.

Si una estadística tuviese sentimientos, se podría concluir que al Premio Cervantes le gustan tan poco las escritoras como los autores uruguayos. Con Ida Vitale mitigó una pizca ambas cojeras. Tras la entrega se convirtió en la quinta mujer en recibir el galardón y el segundo autor uruguayo, tras Juan Carlos Onetti (1980), compañero de filiación poética de la propia Vitale: la Generación de 1945.

Incluso en una ceremonia protocolaria, ensayada ya en más de 40 ocasiones desde que se concedió el premio por primera vez en 1976, afloró esa naturaleza híbrida de la poeta uruguaya, tan dotada para la erudición como para la espontaneidad. “Ahora seres benévolos y palpables movieron las piezas de un superior ajedrez, situándolas en posición favorable y acá estoy, agradecida, emocionada”, señaló ante un auditorio con más poetas que políticos, salvo algunas excepciones obligadas como la vicepresidenta del gobierno, Carmen Calvo, y el ministro de Cultura, José Guirao.

Confesó Vitale que, pese a su escepticismo, mantiene cierta confianza infantil en las coincidencias. Estos días, mientras el discurso rondaba por su cabeza, escuchó en dos ocasiones por casualidad Pompa y circunstancia, de Elgar, cuya pertinencia hoy habría quedado fuera de duda. También que al reordenar su biblioteca en Montevideo descubrió un apego a prueba de mudanzas y exilios por El Quijote, cuyas ediciones repetidas la acompañan aunque escasee el espacio. Un libro en el que ha depositado, como un pensamiento mágico, la capacidad “de precipitar hacia mí la buena voluntad del azar”.

La poeta se detuvo especialmente sobre las influencias de su niñez, ya fuesen libros, familiares o profesoras. En aquellos días de la infancia en los que devoraba obras como Los tres mosqueteros le pidieron que leyera el poema Cima, de Gabriela Mistral: “La hora de la tarde, la que pone su sangre en las montañas”.

En su discurso, el rey evocó algunas figuras esenciales en la carrera de Ida Vitale, como el escritor José Bergamín, su profesor en la Facultad de Humanidades y Ciencias en Montevideo a finales de los cuarenta; o Juan Ramón Jiménez, al que ella considera el mejor poeta de España del siglo XX. “Lo que no podían sospechar los maestros complementarios de Ida Vitale es que ella también se vería obligada a trasterrarse décadas después con su marido, el poeta Enrique Fierro”, recordó el Monarca, en alusión al exilio de una década que ambos pasaron en México durante la dictadura en Uruguay.