La única injusticia que se puede cometer al elogiar a Chesterton, ese hacedor de paradojas y desfacedor de entuertos, es no hacerlo bastante. La fascinante desproporción de su literatura, la desmesura hermosa de este escritor entrañable nunca serán suficientemente alabadas. Su literatura es idéntica a él: monstruosamente delicada; inconmensurable, pero con límites bien claros; filosófica… hasta en lo más trivial; gravemente lúdica o divertidamente seria; muy inglesa… muy irónica con lo inglés; defiende la sensatez hasta extremos irrazonables; argumenta contra las herejías del siglo XX… desde sus propias premisas para terminar instalándose en un Medioevo convencional desde el que condenar a la Modernidad; defiende la tradición y la respetabilidad en un mortecino club de liberales, manifestándose el más liberal: el único liberal tan radical que es capaz de darse el lujo de ser respetable y probo.
Una alocada apología del hombre ordinario, sin duda extraordinaria, es su novela más famosa: El hombre que fue Jueves. En ella Gabriel Syme, feroz defensor de la cordura y agente de la Scotland Yard una especie peculiar de policía: detective-filósofo se filtra en el Consejo Central de Anarquistas Europeos o, lo que es lo mismo, el terrible Consejo de los Días, que preside el tremendo Domingo. Allí, siete personajes que representan diversas ramas de un complejo escalafón de anarquistas (paradoja muy chestertoniana: el puntilloso orden de la anarquía), conspiran para abolir todas las convenciones y derrocar todos los gobiernos, para destruir hasta la idea misma de convención y gobierno. En esta conspiración, nuestro héroe ocupa la silla del Jueves. Desde dentro del círculo más cerrado de la Anarquía, Syme intenta desarticular una conspiración de pesimismo y filosofía nihilista que, ya por aquel entonces, pretendía destruir a la humanidad.
La moraleja del relato, que es clara, rallaría en la apocatástasis (la herejía que sostiene estar vacío el infierno), asunto que a Chesterton preocupaba no sugerir, de no ser por el contrapunto del auténtico anarquista: Lucien Gabriel. Si bien, el poeta anarquista pretende ser una negación absoluta, detrás de él, en realidad, no se ve más que al propio Chesterton sublevándose ante el mal, espetándole al Domingo, cuando se presenta como la paz de Dios, precisamente su imperturbabilidad. Riñe a Dios por la mera existencia del sufrimiento humano, de su absurdo, mientras él permanece impasible (hay que ver, después, la respuesta del Domingo que no quiero arruinar a quien no ha leído la novela). Al final, Lucien Gabriel, el anarquista, no se queda tranquilo con la cristiana explicación del sentido del sufrimiento, que la pases muy contento y en el Cielo entenderás. Permanece en la duda y, sobre la duda, la inquietud, la incomodidad, del sutil tiro de tres bandas (sorprendente, misterioso) que hace Dios para convertir el sufrimiento del mundo en una maravilla.












