Seguir narrando la trama sería realizar un completo desangramiento de la misma (si se me permite la expresión) que la obra no merece. Se trata de una novela que ha pasado a la historia no sólo de la literatura de terror, sino la universal. Drácula se ha convertido en un ícono, en un arquetipo que muchos otros personajes han tratado de imitar con mayor o menor fortuna.
Sus antecedentes, además de los dos mencionados, podemos encontrarlos en las obras de Nodier, Hoffman, Coleridge, Gautier y en la persona de la tristemente real condesa húngara Erzsébet Báthory. Conocida como la “condesa sangrienta”, se dice que tomaba baños de sangre de jovencitas con los que creía que conservaría la juventud y belleza. Si bien esta historia ha calado como “verdad histórica” por su crueldad, no fue nunca realmente demostrada y se sospecha que fue una maniobra orquestada para robarle su riqueza y sus propiedades.
La frase de entrada: “Entre usted libremente y por su propia voluntad. ¡Y deje en ella un poco de la felicidad que trae consigo!”, no puede evitar a la entrada del Infierno de Dante donde en su última frase puede leerse “Abandonad, los que aquí entráis, toda esperanza”. Y quizá puede considerarse que Jonathan vive, en el castillo del conde, su infierno particular. Pues, aunque luego se ve obligado a combatir a la criatura, lo hace en libertad, traumatizado y temeroso pero con deseos de proteger a su prometida Mina de las garras de la inmortal criatura que parece escupida de las mismas fauces del infierno.
Es destacable, además, que “Drácula” sentó las bases de las costumbres, miedos, capacidades y habilidades del vampiro. Es el eje y el ejemplo en torno al cual giran el resto de narraciones basadas en la figura del terrible monstruo, muerto en vida, que se alimenta de la sangre de los mortales para sobrevivir a través de las eras.
El cine ha realizado incontables versiones del mito de “Drácula”. Las más populares son las protagonizadas por el actor húngaro Béla Ferenc Dezs Blaskó, conocido como Bela Lugosi, y el actor inglés Sir Christopher Frank Carandini Lee, conocido como Christopher Lee, villano por excelencia de tantas otras películas como la trilogía épica-fantástica de El Señor de los Anillos o la segunda trilogía (primera cronológicamente) de la saga espacial Star Wars.
Históricamente tenemos Nosferatu (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens, F.W. Murnau, 1922) y más actual la versión de Francis Ford Coppola Drácula de Bram Stoker (1992), en la que una banda sonora del compositor polaco Wojciech Kilar genera un ambiente magnífico, envolvente y la mayoría de las veces terrorífico. Sus temas, principalmente de cuerda, progresivos y algunos románticos ayudaron al éxito de la película. La última versión reseñable del personaja, que se aparta completamente del original pero al que trata de dar un origen, es Drácula: la leyenda jamás contada (Andy Cockrum, Gary Shore, 2014).
Cabe destacar, quizá como última anotación, que Drácula forma parte del imaginario colectivo como lo hacen otros monstruos usados hasta la saciedad por la industria cinematográfica en general y por los estudios de la Hammer en particular: la momia, el monstruo del doctor Frankenstein, el doctor Jekyll y mister Hyde, el hombre lobo… y otros muchos que solo la literatura ha sabido transmitirnos de forma fidedigna, como son el espantoso Cthulhu, la invisible criatura de El Horla (que inspiró en parte el anterior relato) o la terrible estatua femenina de La Venus de Ille. Existen ciertas criaturas cuya esencia el cine aún no es capaz de trasladar a la gran pantalla. Y no lo dudemos ni por un momento: Drácula es una de ellas.












