La escritora portuguesa Lídia Jorge recibió el Premio Feria Internacional del Libro de Literatura en Lenguas Romances 2020 y, en agradecimiento, leyó un discurso en el que resaltó la grandeza de la literatura, hizo un llamado a la defensa del libro y pidió a quienes tienen el poder de tomar decisiones y dictar las políticas públicas, que comprendan que “las humanidades, la narrativa, la poesía, el teatro, todas las artes de la palabra, serán el salvoconducto hacia la armonía en la civilización del futuro, eso cuya materia prima es el lenguaje”.
Asimismo, Lídia Jorge destacó autores, títulos, pero también advirtió que las tecnologías si bien son instrumentos fascinantes del mundo globalizado, con los que todos estamos conectados, no necesariamente quiere decir que nos permitan estar juntos.
Destacó que tenemos más información, pero estamos menos informados. “Y al ser más veloz la comunicación, la mentira, la poderosa mentira, podría convertirse en el resto de lo que hasta hace poco llamábamos verdad”, dijo.
A los jóvenes, a quienes dedicó su discurso que, dijo, le habría encantado leer en el encuentro librero con más juventud que en ninguna otra parte del mundo, les pidió que se alejen de “todos aquellos que les prometen felicidad a cambio de soledad”.
“A decir verdad, la Literatura es una carta que enviamos a la lejanía. Lejos en el tiempo, lejos en el espacio. A veces, la literatura llega a su destino. A veces, recibimos noticias de regreso. Cuando en Europa se aproximaba el final del verano, la dirección de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara acostumbra anunciar en cuál de las ocho lenguas romances encontró un imaginario literario digno de ser premiado”, señaló.
“Este año, por cuarta ocasión en treinta años, se eligió a la lengua portuguesa. Y en el destinatario de esta carta, estaba escrito mi nombre. Para agradecer, pensé que podría referirles un caso particular, compartir cómo conocí a Homero hace muchos años”, agregó la narradora nacida en Boliqueime, distrito de Faro, Portugal, en 1946.
Así, la autora de libros como Los memorables, Estuario y La costa de los murmullos, comenzó un relato sobre cómo conoció, durante su infancia, a María Encarnación, una anciana “muy pequeña” y analfabeta, que vestía ropa oscura y tenía su escaso cabello de color plateado. Y, cómo, a través de ella, conoció historias que solía cantar.
“A pesar de nunca haber tenido un libro, ella cantaba romances antiquísimos aprendidos de memoria en su infancia. Tiempo después logré identificar en su narrativa, sin intervalos ni pausas, algunos romances tradicionales como el de ‘La Nau Catrineta’, ‘la Bella Infanta’ o la ‘Visita de la Novia Difunta’. Y nosotros, los niños, quedábamos cautivados por aquellas historias cantadas que hablaban de amor, de combates armados, de aventuras prodigiosas acerca de marineros sobre las olas”, destacó.
La mujer, explicó, falleció y, pese a no contar con “la felicidad de conocer la maravilla que son los libros”, fue un “ser atravesado por el fulgor poético”. Ella, María Encarnación, mereció ir a la escuela, aprendido a leer y escribir, tener acceso a los poetas de su patria, a Camões, Vieira y Pessoa, leer la Ilíada, la Odisea, la Divina Comedia, Don Quijote, y a ver Hamlet en el teatro.
Jorge, a través de todo lo que aquella anciana mereció conocer, fue destacando el valor y la importancia de autores como Goethe, Proust, Virginia Woolf, Yourcenar y Agustina Bessa-Luís; resaltó la “perfección” de Pedro Páramo de Juan Rulfo, cuya “narración maravillosa” la habría hecho feliz “por haberla encontrado al inicio de su vida adulta, leer ese libro perfecto, entre tantos otros que leería, si acaso hubiera nacido ochenta años después”.
Así, Jorge también resaltó la fortuna de nuestro tiempo en el que no solo disponemos de bibliotecas con millares de libros en los locales más recónditos sino que incluso podemos consultarlos cuando queramos, uno a uno, en la pequeña pantalla de un aparato que guardamos en el bolsillo de la chaqueta.
“Cómo hubiera sido feliz al entrar a las librerías y sentarse en un auditorio para escuchar páginas leídas por sus propios autores. Cómo se hubiera sentido bendecida si un día alguien la hubiera invitado a ella a leer en voz alta una página de poesía y con ayuda de un aparato grabar su imagen para ser mostrada a sus hijos en vez de esfumarse para siempre entre los árboles del campo”, contó.
Aquella mujer, añadió, como adulta del siglo XXI, “sería la figura ideal para decir a quienes tienen el poder de tomar decisiones y dictar las políticas públicas, modelando así inevitablemente la vida de quienes han de vivir en función de esos criterios, que las humanidades, la narrativa, la poesía, el teatro, todas las artes de la palabra, serán el salvoconducto hacia la armonía en la civilización del futuro, eso cuya materia prima es el lenguaje”.
“Ella estaría convencida de la necesidad de prepararnos para convivir con la parte de ese nuevo mundo que también augura deterioro. Prepararnos para hacer la síntesis de dos culturas y no su disyunción, para impedir que la nueva cultura tecnológica expulse de nosotros el terreno conquistado por el poder del arte y la civilización del Libro”, agregó.












