Las aventuras de Aurélie en el cementerio de mascotas ilustres (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2019) es el primer libro autoral de Norma Vargas Macossay. Un par de años antes había reunido los relatos de su padre en El incansable son del parachico (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2015), pero desde entonces su voz se había fincado entre trabajos de gestión, dirección de logística y relaciones interinstitucionales a favor de la cultura.
Ambos libros, con cuatro años de diferencia, están marcados por dos desprendimientos; el primero, aunque recupera la memoria de su padre, subraya una orfandad y remarca la ausencia; el segundo, aunque habla de la muerte sin atreverse a mirar del todo al otro lado, subraya la fragilidad de la vida, se agarra a ella y, casi premonitoriamente, se antepone a una epidemia global.
Lo interesante de Las aventuras de Aurélie en el cementerio de mascotas ilustres es que, a la par que pretende ser cuento para niños, fabular sobre animales y describir pequeñas situaciones históricas, se convierte en un baúl rebosante en donde Vargas Macossay habla de sí misma y de sus recuerdos.
Alguna vez, muchos años atrás, Vargas Macossay llegó a París —la eterna ciudad del amor— y se deslumbró no de sus calles, ni de su torre múltiples veces citada, sino del Cementerio de perros y otros animales domésticos (El Cimetière des Chiens). Su viaje le ayudó a tropezar con el lugar y libreta en mano, llena más de preguntas que de respuestas, visitó Asnieres-sur Seine, un suburbio al noroeste de París, y animada por su curiosidad visitó cada uno de los mausoleos y agotó las notas necesarias.
Es decir, el cementerio de mascotas, en donde se pasea Aurélie Moreau, existe. Fundado en 1899 por Marguerite Durand, apunta a ser la primera necrópolis de animales que se conoce en el mundo. Las mascotas que descansan allí acompañaron algunas celebridades del mundo del espectáculo y están acompañadas por algunos animales famosos y conocidos por todo el mundo. Dividido en seis apartados o secciones, sin numeración o título alguno, Las aventuras de Aurélie en el cementerio de mascotas ilustres está delimitado, temáticamente, por tres grandes momentos.
La inicial es una especie de bestiario que aglutina seis de los animales más famosos del cementerio y describe, con rigor de copista medieval, no solo las características físicas de las mascotas sino también la clase social de donde provienen y la causante de sus decesos; esos pequeños halos históricos le dan una carga de objetividad a los hechos narrados, que hacen preguntar al lector si realmente lo que lee es una realidad o ficción.
La segunda parte, la más íntima y personal, narra a modo melodramático la causa del por qué Aurélie vaga entre los animales del cementerio. ¿Qué pasó para que Aurélie sea la única humana que acompañe a las bestias, otrora feroces? ¿Qué acontecimientos o situaciones decisivas terminaron por retachar entre los mausoleos? En modo autobiográfico, desde la misma voz del personaje, el lector va encadenando y reconstruyendo los pasajes de la vida de la protagonista.
La última parte y quizás la más larga, se finca en narrar la historia de Salvatore Cienfuegos y Alexandre Cardin: dos piratas despiadados en conseguir aquello que los seduce. Profundiza en la compleja relación de ambos y las vicisitudes que sufren al tratar de desmantelar el cementerio, ante la afrenta de la tropa comandada por Aurélie.
Es por lo anterior que Vargas Macossay no nos ha regalado solo un libro, sino tres, cuatro, muchos libros, que acompañan al lector a destapar su imaginación y bucear dentro de sí mismo para encontrar esa realidad que nos ha sido negada.











