Luis de Tavira vive entre libros

Luis de Tavira ha sido director de más de cien montajes y ganador del Premio Nacional de Ciencias y Artes. Cortesía
Luis de Tavira ha sido director de más de cien montajes y ganador del Premio Nacional de Ciencias y Artes. Cortesía

“Quiero vivir en una biblioteca”. Fue la única instrucción que dio a su amigo, el arquitecto Carlos González Lobo, cuando diseñó su casa. El resultado es “una biblioteca que se habita”, donde los libreros desbordados y las pilas de libros dispuestas en aparente anarquía son en realidad una cartografía existencial.

Luis de Tavira, uno de los referentes indispensables del teatro contemporáneo en México, concibe su casa, vida y arte desde un mar de libros que superan, “por mucho”, 10 mil ejemplares.

Aquí, los volúmenes no se ordenan por temas ni autores, sino por episodios vitales; leer no es un pasatiempo, sino un acto profesional, y el teatro no es literatura, sino el arte primigenio que elige a sus creadores. “Mi biblioteca guarda un extraño orden que tiene que ver con mis mudanzas”, explica el dramaturgo, director escénico, pedagogo y creador de instituciones teatrales. “Es un registro biográfico. Habitarla es habitar mi propia vida”.

En este lugar se resguardan desde libros heredados de su padre y los que adquirió en la época de su primer departamento —al dejar el seminario— hasta los de sus estancias en varias instituciones, como cuando fundó el Centro de Formación Teatral San Cayetano, en el estado de México, y el Centro Dramático de Michoacán.

Distinción

El director de más de cien montajes y Premio Nacional de Ciencias y Artes 2006, De Tavira recibe a La Jornada en su domicilio, en el sur de la capital. ¿El motivo? Hablar del homenaje que recibirá el 24 de febrero, a las 19:00 horas, del teatro El Milagro, por su “trayectoria fundamental en la escena teatral mexicana”.

Philippe Amand, David Olguín y Marina de Tavira celebrarán en ese espacio teatral no solo una carrera excepcional, sino el compromiso ético, estético y pedagógico que el maestro ha sostenido a lo largo de más de 50 años.

Instalados en su estudio, el creador escénico comienza la charla subrayando que todo ser habita un ámbito y que el más deseado para él es un escenario. “Habitar el escenario es para mí el gran privilegio de esta vida”, enfatiza. “Pero antes de llegar a él, uno se prepara, y yo llegué al teatro a partir de los libros”.

La prohibición que abrió el mundo

Todo comenzó con un veto en la infancia, a mediados del siglo pasado. “Mi papá prohibió la televisión en casa. Dijo ‘esa caja idiota aquí no va a entrar’”, contó. El supuesto castigo se transformó en una revelación cuando, al día siguiente, su padre llegó “cargado de libros” para él y sus hermanos.

A él le tocó El Quijote, con una dedicatoria determinante: “Quien lea este libro no conocerá el aburrimiento”. Así descubrió que la lectura era “algo que uno tiene que ganarse”, porque, “al principio, cuesta, pero llega un momento en el que ya no suelta uno el libro”.

Desde entonces, el clásico de Cervantes se convirtió en su libro de cabecera, junto con las obras de Dostoievski y La Biblia, en particular el Nuevo Testamento, del que lee a diario uno de los Evangelios.

Esa aventura del primer libro lo llevó años más tarde al noviciado en la Compañía de Jesús —“donde había una biblioteca prodigiosa”— y después, por azares del Concilio Vaticano II y los disruptivos avatares de la década de 1960, a estudiar teatro en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Allí, bajo la tutela de Héctor Mendoza, entendió que “el corazón del hecho teatral es la actuación”, pero también descubrió su vocación de lector especializado. “Quienes hacemos teatro, antes de ser actores o directores, somos lectores, y no cualquiera, sino lectores profesionales”, afirma, y subraya que, para él, el texto dramático es un ser incompleto, pues “clama por su realización”.

Por eso desarrolló el “análisis tonal”, como denomina a un método de interpretación que busca extraer de la página la vida latente. “Leer viene de litera, la letra, algo que se ve. Pero la palabra, el verbo vivo, se oye. Quien escribe para la escena espera ser escuchado más que leído”, afirma.

De Tavira (Ciudad de México, 1948) derruye un criterio ampliamente difundido y aceptado: “El teatro no es un género literario; es un absurdo pensarlo”. Confundir el arte escénico con la letra impresa, opina, es “un error histórico” nacido en la Ilustración del siglo XVIII.