El secreto de Memín Pinguín, ese niño negro que nació como historieta en 1945 y que incluso fue catalogado por la Secretaría de Educación Pública como lectura obligada para las escuelas, fue la vida misma de su creadora Yolanda Vargas Dulché.
El personaje de ojos grandes, playera a rayas horizontales y gorra, procedente de una clase social baja, era travieso, pero también astuto, honesto, respetuoso y creativo aunque a veces fuera de manera accidental.
Se dice que a la semana se llegaban a vender miles de ejemplares en los puestos de periódicos y se manejó la posibilidad, sin éxito, de llevarlo al cine. Incluso la Universidad Nacional Autónoma de México dedicaba estudios al fenómeno. “Tiene mucho de biográfico, aunque no soy hombre y no soy niña, pero viví muchas cosas en ese ambiente, aunque obvio, se exageró más”, contó Vargas Dulché en una entrevista concedida a Ricardo Rocha, en la década de los años 80.
“Fui una niña pobre, muy carente de muchas cosas, entonces para mí fue fácil desarrollar lo que viví. Dicen y es cierto, que no se puede hablar ni escribir de algo que no se ha vivido”, mencionó.
Clásicos
Hoy los amantes de la historieta celebran cien años del natalicio de Vargas Dulché, a la que se considera “la reina de la historieta en México”. Fue ella la creadora de Lágrimas, risas y amor, pero también de Rarotonga, el personaje mulato que llegó a la pantalla grande, y de obras como El pecado de Oyuki, Rubí y María Isabel, que brincaron a la televisión.
Ella y su marido fundaron a la Editorial Vid, una de las más potentes del mundo latino. La escritora, a la que el mundo intelectual de la época despreciaba porque decía que eran historia inocuas, aprendió a explotar los temas que el público quería leer. “La vida no es solo sufrimiento, sino también risas. La historieta ha sido el vehículo para aprender a leer la gente más humilde”, consideraba.
Nació en la Ciudad de México y antes de dedicarse a la historieta, formó con su hermana el dueto Rubia y Morena que llegó a cantar en la XEW. Luego ingresó al mundo periodístico y ahí explotó su talento. A Memín, uno de sus personajes emblemáticos, no lo quería que fuera físicamente un niño como los demás. “Tal vez (gustó) su fealdad y ayudó su simpatía. Yo no quería al negrito normal de los chinitos, ya fue cosa del dibujante cómo quedó”, expresaba.
La fama de Vargas Dulché ha continuado con sus nietos Mane y Alondra de la Parra.












