Eminencia de la medicina y amante del arte
Fotografía de Ruy Pérez Tamayo. Cortesía

Un día el patólogo Ruy Pérez Tamayo recibió una carta inusual, una maestra de secundaria le pedía que por favor impartiera una conferencia sobre 10 razones para ser científico. El autor de más de una centena de artículos y cerca de 70 libros científicos y de divulgación, merecedor de innumerables reconocimientos como el Premio Nacional de Ciencias y Artes 1974 y el Nacional de Historia y Filosofía de la Medicina 1995, aceptó porque “era muy obediente”.

Aquel día, frente a estudiantes de secundaria, Pérez Tamayo, el médico humanista, considerado un revolucionario de la medicina en México, ofreció el decálogo de por qué dedicó su vida a la ciencia: para no tener jefe, para no tener horario de trabajo, para no aburrirse, para hacer siempre lo que nos gusta, para usar mejor el cerebro, para que no nos tomen el pelo, para hablar con otros científicos, para aumentar el número de científicos en México, para estar siempre contento y no envejecer.

Así fue el eminente patólogo y académico de número de la Academia Mexicana de la Lengua y de El Colegio Nacional, fallecido en casa de su hija Isabela, junto al mar, este 26 de enero, en Ensenada, Baja California, a los 97 años de edad. Con su muerte, dice el doctor Adolfo Martínez Palomo, “México pierde a la última gran figura de la medicina de la segunda mitad del siglo XX”.

“Quiero destacar su trabajo como profesor de la Facultad de Medicina de la UNAM porque no solo marcó el rumbo de su especialidad, también su extraordinaria capacidad como profesor y como forjador de profesionales; y como autor de un libro fundamental, ‘Principios de patología’, con el que estudiaron miles de estudiantes de medicina de México, América Latina y Estados Unidos. Sus clases sobre la patología del tubo digestivo, del pulmón, del cerebro, de todo el cuerpo humano, fueron fundamentales para muchas generaciones por más de 50 años; impartía hasta cinco materias en un año, por eso sus alumnos estuvimos muy cerca de él. No tengo duda de que Ruy Pérez Tamayo modernizó la medicina en México”, explica Martínez Palomo, médico, científico y académico.

El doctor Francisco González Crussí, profesor emérito de la Northwestern University de Chicago, coincide con Martínez Palomo al advertir que uno de los grandes legados de Pérez Tamayo, nacido en Tampico en 1924, son sus estudiantes. “Nos formó a muchísimos, nos estimuló para alcanzar el máximo nivel de excelencia. Él iba más allá de todo, fue un hombre de ciencia en toda la extensión de la palabra. Con frecuencia se cree que un patólogo se dedica a dar diagnósticos a través de muestras del tejido, pero él se negó a dejar de pensar, no solo se quedaba en el diagnóstico, buscó las causas, se preguntó por qué el tejido tenía esa configuración y no otra, buscó entender la enfermedad, dilucidó los principios básicos de las enfermedades. Él fue el modelo a seguir”, afirma.

El médico y escritor Arnoldo Kraus recuerda que conoció a Pérez Tamayo hace 35 años. “Fue mi maestro cuando hice el servicio social en Nutrición. Estar con él era saber que estabas con un gigante, con un patólogo inmenso y muy prestigiado, que tenía una gran producción de artículos y libros. Ruy fue un maestro absoluto, un maestro en el más bello y profundo sentido de la palabra. A mí me inquietaban otras cosas como la filosofía, el humanismo, la ciencia y la vida, y Ruy era referente de todo eso y más. Tuve el privilegio de ser su médico y sé, gracias a Isabel, que en las últimas semanas de su vida estuvo tranquilo y quiero pensar que en paz”, declaró.

Antonio Lazcano, biólogo y científico, miembro de El Colegio Nacional, recuerda a Pérez Tamayo caminando por el campus, con porte y elegancia, como un hombre sabio y generoso. “Fue un médico, científico, comprometido con la ciencia y la investigación que perteneció a la segunda generación de los grandes médicos, como Ignacio Chávez y Bernardo Sepúlveda; médicos como Guillermo Soberón y Pérez Tamayo construyeron una visión de la medicina muy decidida”, destacó.

Lazcano añade que el doctor, que fue honoris causa por varias universidades del país, se interesó en temas como la historia de la medicina, la filosofía de las ciencias: “Fue miembro de un seminario en la UNAM de estudios científicos y filosóficos, de hecho lo revivió. Es admirable la energía que mantuvo hasta el final de sus días. Tuvo una vida larga, plena y llena de satisfacciones, no tengo duda”.

En 2016, Pérez Tamayo, fundador de la Unidad de Patología de la Facultad de Medicina en el Hospital General, en una conferencia en el IPN, expresó: “No me falta hacer nada, pero quiero seguir haciendo lo que me gusta ¿Hacia dónde voy? Hacia dónde vamos todos, porque esto tarde o temprano se va a terminar. No voy a dejar de ser quien soy: una gente que trabaja en un laboratorio y que tiene preguntas que quiere contestar. Por fortuna tengo buena salud, soy capaz de trabajar, lo disfruto mucho y lo pienso seguir haciendo de manera indefinida. Ahí es a donde voy”.

Figura imprescindible del Instituto de Investigaciones Biomédicas en la UNAM, del Instituto Nacional de Nutrición, de la Facultad de Medicina de la UNAM y profesor visitante de universidad como Harvard, Yale y John Hopkins, poseía una de las bibliotecas más ricas del país, de la cual dijo: “Mi biblioteca es mi vida, aquí está encerrada buena parte de mi principal actividad profesional, intelectual y emocional”.

En junio pasado, en el marco del Premio Internacional Menéndez Pelayo, en España, el escritor Gonzalo Celorio leyó las cinco razones para quererlo y admirarlo: su imaginación, su docencia, por ser científico y humanista, por divulgar la ciencia y por su amor a las palabras. Hoy son razones para extrañarlo.