En Mi vida sin mí se cuenta la historia de Ann, una joven de 23 años, con dos hijas y un marido que está casi siempre parado. Tiene Ann una madre siempre con mal humor y es toda una misántropa; un padre que hace ya diez años que está en la cárcel. Y ella tiene un duro y esclavo trabajo como limpiadora nocturna en una Universidad, institución a la que nunca podrá asistir durante el día. Viven pobremente en una caravana en mismo jardín de la casa de su madre, en el extrarradio de Vancouver.
Toda esta vida gris da un radical cambio después de un reconocimiento médico en el que le diagnostican a Ann un cáncer terminal; apenas le quedan tres meses de vida.
Tras la terrible noticia, Ann cambia su percepción del mundo en un instante y se hace más viva, paradójicamente, con el anuncio de la muerte. Descubre la opción y las oportunidades para una vida placentera y hermosa, empujada por un singular impulso de vida. En esta onda, elabora un listado de cosas que desea hacer antes de morir.
La mirada de Ann se ha transformado en la de una poeta inspirada por cuanto ve, por la lluvia bajo la cual queda absorta o las puestas de sol. Observa las cosas, asombrada, como si fuera la primera vez que las ve o como si todo fuera a desaparecer en un segundo.
Camina sola por la calle, se deja llevar; a veces se une a la muchedumbre, y otras veces se aparta de ella en sus soliloquios. Capta los placeres que la sociedad de consumo ofrece a través de los escaparates o anuncios, o al entrar en un supermercado, con formas curiosas de ensoñación donde ve a la gente danzando al modo de un musical. Todo el mundo es feliz y los productos del supermercado la seducen y parecen alejarla de la muerte.
Resulta estremecedor ver la mirada macilenta de Ann, sus párpados ahogados por el trance, todo ello acompañado por las melodías intimistas de Alberto de la Iglesia y la recurrente imagen del quebradizo vidrio, material del que se obtiene una sorprendente música. Y Ann está en ese límite donde todo parece sublime y a la vez espantoso. Todo puede ocurrir, sobre todo y de forma segura, la muerte.
En ese estado surge el amor. Ann y Lee, un joven al que conoce en la lavandería, se enamoran hipnóticamente, un amor mostrado con numerosos silencios y las vivas miradas vivas de quienes intuyen que cada momento es irrepetible. Hay fatalidad, encuentros ondulantes con canciones como Senza fine.
Pero mientras para él la imposibilidad del amor radica en que ella está casada, para ella la imposibilidad es auténtica, pues sabe de su inminente final. Por lo demás, la cotidianeidad de Ann y su familia es idílica y en buena sintonía. Y también como contrapunto, Ann tratará de ver lo mejor que hay en sus ásperos padres y les habla y les cuenta y les dice palabras de esperanza, incluidas cartas póstumas muy interesantes.
La gran directora que es Isabel Coixet construye un film conmovedor, un bello melodrama que huye del lagrimeo fácil y que en cambio nos introduce en una hermosa historia que es un canto a la vida y a las ilusiones.
Como escribe Rodríguez-Marchante: “Una obra liberadora, sensibilísima, de una reparadora tristeza”. Y lo hace con mucha solvencia, pues la Coixet es una directora que siempre imprime su sello, su personalidad, la de quien sabe qué quiere y adónde pretende llegar. Isabel Coixet, con interesantes películas como: La vida secreta de las palabras, 2005; Mapa de los sonidos de Tokio, 2009; Ayer no termina nunca, 2013, o Aprendiendo a conducir, 2014, entre otras.
El ritmo de la obra ayuda a percibir la existencia en toda su plenitud, con sus formas de disfrute y su melancolía inevitable. Las miradas de Ann-Polley con el espectador como único cómplice de su periplo, se yuxtaponen con otras escenas y personajes exteriores (el amante, amigos, padres), que sirven de contrapunto al drama.
Tiene la película un excelente guión de la propia Coixet, adaptación de un cuento de la novelista norteamericana Nanci Kincaid, Pretending the Bed Is a Raft, de 1997 (Simulando que la cama es una balsa), el último de los relatos contenidos en un volumen con idéntico título. El guión está muy bien construido, sin apenas fisuras. La música de Alfonso de Vilallonga es excelente, junto a una esplendente y sugerente fotografía de Jean Claude Larrieu. Esta película fue coproducida por España-Canadá. Productora El Deseo SA (Almodóvar) y Milestone Productions Inc.
Destacan las actuaciones de una espléndida, dramática y bonita Sarah Polley en una de las mejores interpretaciones femeninas que se han visto en mucho tiempo, capaz de resultar cotidiana y a la vez excepcional; muy bien Scott Speedman; Mark Ruffalo estupendo; Amanda Plummer excelente; Leonor Watling de diez; y acompañan Deborah Harry, Maria Medeiros y Alfred Molina, entre otros. El conjunto es sólido y sobresaliente.












