“Llega el momento en el que le tengo que admitir mi culpabilidad. Le robé unos pasos de baile a Bad Bunny… sobre todo a una de las bailarinas”, soltó Miguel Mateos en medio del escenario, con media sonrisa y el cuerpo todavía en movimiento. El Auditorio Nacional respondió con risas, chiflidos y gritos.
Minutos antes, la atmósfera había sido distinta. A las 21:10, tras una breve rechifla que tensó el ambiente, las pantallas se encendieron con la imagen del argentino volando sobre una guitarra entre nubes azules. Cuando finalmente apareció en el escenario, vestido de negro, con su sello rockero intacto, el ánimo cambió. Bastaron los primeros acordes de “Llámame si me necesitas” para que el público se pusiera de pie y comenzara a marcar el ritmo con palmas y gritos de “¡oe, oe, oe, Miguel!”. “Buenas noches, México. 40 años, boludos y boludas. Nadie me conocía cuando llegué. Nadie. Y fui empezando a recorrer las radios. ‘Hay unos temas buenos’, decían. Qué generosidad”, recordó, antes de “Solos en América”, el disco que marcó ese punto de partida y la noche.
Las canciones fueron un recuerdo de aquel álbum de 1986: “Perdiendo el control”, “Y sin pensar”, “Ámame ahora, no mañana”. Entre cada tema, Miguel Mateos dialogaba, bromeaba, tomaba aire. “Son 2 mil 500 metros de altura, aguanten… soy un hombre de río, pero me gusta la montaña”, dijo el cantante de 72 años.












