David Lowery, es un director cuya obra es interesante, alguien que ha hecho películas con estilos y en géneros muy diversos como el drama fantástico (A ghost story), el western (The old man & the gun), el cine familiar (Mi amigo el dragón y Peter Pan & Wendy) y hasta la aventura medieval (La leyenda del Caballero Verde), y en todas ellas logró transmitir una mezcla de pulso narrativo clásico con algunos giros personales muy distintivos.
Uno podría pensar que Mother Mary intenta recorrer un camino similar: ser una película de horror presentada como un psicodrama sobre la relación entre dos amigas que han dejado de verse. Pero no tiene mucho sentido como tal. Tampoco a la inversa. Es una propuesta conceptual en busca de algo, algún significado que la contenga.
La cinta traslada una historia profundamente marcada por el peso del pasado y por aquellas relaciones que, por distintas circunstancias, quedan suspendidas en el tiempo sin llegar a encontrar un cierre definitivo. La distancia temporal no consigue borrar esos vínculos; al contrario, los mantiene vivos, aferrados tanto a la memoria como al corazón, condicionando el presente de quienes los arrastran. La película explora así un duelo sentimental inconcluso, una herida emocional que nunca termina de cicatrizar y que, precisamente por esa ausencia de resolución, continúa supurando.
Gran propuesta visual
La estrella del pop Mother Mary (Anne Hathaway) tiene previsto regresar a los escenarios para un concierto especial donde interpretará su última composición. Visiblemente angustiada se reúne con Sam Anselm (Michaela Coel), su mejor amiga y diseñadora de vestuario de la que se había distanciado.
El filme se abre con un poderoso despliegue visual que bebe directamente de la estética de los grandes espectáculos musicales contemporáneos. La puesta en escena presenta a Mother Mary como una auténtica deidad del pop: elevada sobre el escenario, envuelta en un diseño teatral de gran sofisticación, luciendo un vestuario deslumbrante y sostenida por la devoción absoluta de un público entregado. Todo en estas primeras secuencias transmite una imagen de control, seguridad y dominio del espacio, construyendo la figura de una estrella pop.
Mother Mary se adentra en territorios espirituales, íntimos, espectrales y terribles, arrancados de un sueño. Un extraño experimento de culpa y redención, sostenido sobre las espaldas de dos actrices excepcionales, que abrazan sin complejos cada paso de este viaje alucinado. Lowery maneja tantos frentes visuales que parece rodar varias películas a la vez. Estar constantemente en la cuerda floja deja las costuras de la función a la vista más veces de lo que al director le gustaría, porque en ocasiones la alquimia no funciona bien del todo.
Gran parte de la potencia de la película se debe a la intensidad con la que Anne Hathaway y Michaela Coel defienden sus personajes.
Un cine desconcertante
Hathaway interpreta a un diva del pop que atraviesa una terrible crisis personal, así que pone rumbo hacia el hogar, donde le espera el muro del pasado. Traiciones, desencuentros, reproches y rencores son la tónica de la relación con una antigua amiga y colaboradora, en la piel de Michaela Coel, a la que acude para encontrarse de nuevo con una parte de ella, ahogada en el personaje que ha creado: la estrella Mother Mary.
El director juega desde el principio con la mezcla de referencias. La presencia de elementos sacados del videoclip sinuoso mantiene cierto tono de musical, armado de vistosos sets en los que brillan las melancólicas canciones de la diva. Pero nada prepara al espectador para el descenso a la pesadilla que Lowery presenta en cierto momento de la película, cambiando por completo la esencia del filme. Donde había confrontación en las actuaciones de Hathaway y Coel, en la segunda mitad de Mother Mary, sin perder la esencia conversacional, el director se adentra en el terreno de las pesadillas, de los aspectos oníricos de su cine. Tenemos la colección de imágenes más desconcertantes de su obra, auténtico delirio psicodélico de complicada definición.
Mother Mary es el imaginativo banquete de colores chirriantes al que Lowery nos convida como buenos glotones visuales que somos. Si acepta la invitación, prepárese, porque puede que el menú le resulte algo indigesto.












