La brevedad es directamente proporcional a la intensidad en la obra Mujer, la verdad se enreda como un plato de espaguetis. Tres mujeres, tres actrices, tres generaciones atrapadas en la violencia doméstica y de género, en el abuso sexual, la pederastia, el incesto, en la sexualidad agotada desde la niñez porque una madre explica a su hija-hermana que su tanga es una herramienta de trabajo, y esta deduce que su madre-hermana trabaja de puta, pero la abuela las corrige: “No, ella trabaja de ‘mujer’”.
“Hay un relato central. La primera pregunta y la que más nos cimbró era: ¿quiénes seremos nosotras ahora después de qué es lo que pasó para hacernos esta pregunta? Y ahí vinculábamos mucho el estado de emergencia actual frente al abuso y a los feminicidios y estos temas. ¿Cómo podemos seguir siendo las mismas y los mismos después de las atrocidades que estamos mirando acontecer?”, plantea en entrevista Diana Sedano, codirectora con Mariana García Franco de la obra escrita por Queralt Riera, que reinició temporada del 28 de julio al 14 de agosto, de jueves a domingo, en el teatro Santa Catarina.
“Poco después, en una segunda visitada al texto pudimos entender que estas preguntas no tienen género, son las preguntas sobre la humanidad: ¿qué clase de personas vamos a habitar este mundo después de todas las verdades que están saliendo a la luz? Porque estamos en un momento en el que hay muchos paradigmas que se están rompiendo, muchas cosas que permanecían en la esfera oculta y que ahora están en la esfera pública. ¿Cómo vamos a seguir nosotras y nosotros en este mundo sabiendo lo que sabemos y mirando lo que miramos”, agrega la directora de escena.
El escenario es una cocina. No una cocina de utilería: una cocina real, con estufa y horno encendidos, con licuadora y lavabo, donde la abuela, la madre y la hija se van desmembrando en la preparación de un plato de espagueti a la boloñesa, con albóndigas que llevan en su interior los vidrios de la venganza, de la rebelión. El telón no está al frente del escenario, sino detrás: ropa recién lavada en tendederos.
Apenas dura 50 minutos esta tragedia, pero las actrices Cossete Borges (Abuela), Jimena Hinojosa (Madre) y Priscila Rosado (Hija) guían al espectador con sus diálogos a través de ese infierno que se cocina a fuego lento hasta el incendio que carboniza, que es la violencia contra las mujeres desde el interior de la familia y de una casa a la que no se puede llamar hogar, sino la prisión, la sala de torturas. Sobre el tendedero a espaldas del escenario, Diana Sedano explica que viene de las mismas provocaciones que la dramaturga hace del texto y cómo en el montaje se llevaba a un espacio concreto.
“Hay cierta intriga en la obra en la que todo el tiempo se está hablando de quién va a recoger la ropa tendida, como una labor y una tarea que uno tiene que hacer y a veces la deja ahí, literalmente sin recoger. Vimos la oportunidad de crear un gesto estético que tiene que ver con ese tendedero, que además puede tener cierta referencia, porque ahora uno ve un tendedero y no puede dejar de pensar en los tendederos de las denuncias públicas sobre acoso sexual”, indicó.
La obra, una producción original del 27º Festival Internacional de Teatro Universitario y Teatro UNAM, cuenta con la colaboración en audio y multimedia de Francisco Javier Osorio, y la asistencia en iluminación, escenografía y vestuario de Alejandra Quezada, y en dirección, de Laura Baneco. Los diálogos entre las tres protagonistas se entrelazan con recuerdos y rabia por la violencia en todas sus formas que han experimentado estas mujeres de tres generaciones, con un final por demás trágico.
“Cuando termina, uno se queda como con poco aire y necesita un momento para decir ‘aplaudamos el trabajo’, pero no se aplaude la obra en sí misma, aunque sí, porque la obra denuncia cosas atroces. En las obras que he estado de este corte cuesta trabajo aplaudir por eso, porque ante la denuncia de algo atroz, el espectador se mete en un problema de qué se está aplaudiendo, y necesita tiempo para asentar lo que acaba de pasar, y después reconocer el trabajo. En ese sentido, es un logro el silencio”, concluye Sedano.












