Nadia Villafuerte compartió unas palabras

Bailarines presentando una pieza coreográfica. Darwin Mendoza
Bailarines presentando una pieza coreográfica. Darwin Mendoza

El invierno me golpeó el año pasado: a mi cuerpo le faltaba ese calor colérico de Tuxtla que nunca se va. La melancolía me adelgazó la cara. Una tarde un amigo me invitó a ver la versión coreográfica de Anna Karenina en el Lincoln Center. Recuerdo sobre todo a las muchachas rusas, sus zapatillas y sus largos abrigos, correr para acomodarse en los asientos. Después vino el telón y detrás del telón los cuerpos, la historia de una mujer imaginada por un hombre en el siglo XIX, ahora diríamos quizá no insatisfecha, y mucho menos adúltera, quizá una mujer que de haber tenido posibilidades de hablar no se habría tirado a las vías. Pero el canon sería entonces otro y no es este y la escena en el teatro habría sido otra y no ésa. Y lo que la compañía de danza interpretó de una manera brutal fue el lapso en el que a ella los pájaros se le arremolinaron en la cabeza: mientras el círculo de luz le impedía moverse, la música de la orquesta y el sonido cada vez más alto de la máquina del tren la hicieron saltar.

Se alzaron las cortinas, las rosas cayeron a los metatarsos de los bailarines, las muchachas rusas aplaudieron con el rímel corrido y yo caminé con mi amigo hasta darme cuenta de que la escena final había conectado con una parte profunda de esa tristeza que me tenía a punto de hacer lo mismo en el metro neoyorkino en mitad de un jodido invierno. La coreografía en conjunto con la música y no el relato fue lo que permitió mi propio quiebre.

Digo esto como un preámbulo para poner algunas palabras en relación: Nueva York, Tuxtla, sonido, movimiento. Las primeras son meras coordenadas geográficas. En una ciudad vivo, a la otra estoy felizmente atada en todas las formas posibles. Sonido y movimiento, en cambio, forman parte del pretexto por el que escribo ahora. Tengo poca relación con la danza como disciplina artística y por eso, cuando Yulma Serrano me invitó a comentar el programa “Pretextos comunes, encuentros urgentes”, pensé en lo que me había ocurrido hace un año con la coreografía de Ana Karenina traducida a la experiencia corporal. Semejante al teatro, la danza y en especial la contemporánea, se nos entrega como una proliferación radical de gestos. La danza pone en riesgo esa integridad psicosensorial que tanto mantenemos bien portada para impedir el desfonde afectivo. Atenta contra nuestro principio de realidad porque nos conduce a la alucinación y al delirio, ahí donde los pensamientos y las emociones más reprimidas por la disciplina cotidiana se desbordan.

“Pretextos comunes, encuentros urgentes” sugiere un horizonte: poner a la danza contemporánea en el stage. Hacer de la danza un sobresalto sensorial que ponga al espectador frente a una experiencia con el placer estético pero también con la emergencia política. La danza hace eso: no sólo es estímulo visual sino una suerte de escritura en la que los cuerpos hablan mudos, a través de imágenes que golpean más allá de la significación.

En tanto proyecto interdisciplinario, quiere hacer match con otros lenguajes artísticos y busca reivindicar además el trabajo de los bailarines en un país en el que estamos acostumbrados a pensar el arte como ornamento o como ruido de fondo o como disparate o como diversión, menos como lo que es: porque ahí donde está involucrado el cuerpo, hay labor física y afectiva.

Regreso a esta palabra, la de la interdisciplina, porque el proyecto no sólo se queda en las gestiones de la danza sino que se extiende al archivo. Confieso que cuando Yulma me mandó un link y abrí un catálogo electrónico, me confundí: danza-catálogo de libros. ¿Cuál es la relación? Luego vino el entusiasmo: portadas de libros, todos atemporales por la mera pátina fotográfica.

Me encanta repasar catálogos sin pensar en los nombres de los autores. Y este ejercicio volvió a ser divertido: Dirty Room, Dolerse, El amor y la herida, Inpresentable, Jardinería humana, La desobediencia, No hay más poesía que la acción, Yo te vi caer, Yo tenía un alma buena, Protegedme de lo que deseo…

Este catálogo pasa por el happening, las artes visuales, la poesía, la teoría feminista, los performances studies, el ensayo, la crónica, el teatro, y dos títulos que yo grafitearía por todas las bardas tuxtlecas: “A bailar a la calle” y “Construyo sobre el olvido”. Al garete si no les digo ahora quiénes son los autores: por eso el catálogo es pretexto común y encuentro urgente. Por algo tienen un libro sobre Helio Oiticica, ese provocador que hizo del cuerpo, el color y la calle lugares sin fronteras para la libre creación.

Como las parangolés del brasileño, el asunto es que deberíamos bailar más, escuchar los sonidos del cuerpo, siempre emancipatorio, construir sobre el olvido pero moviéndonos, política y físicamente, en una ciudad, en un estado, en un país donde nos sobra violencia y nos falta más labor de recordar y edificar sobre lo destruido.

Lo que hace la interdisciplina es justamente eso: conducir al espectador a una nueva actitud ética, de participación, colectividad y cambio. Entonces lo que “Pretextos comunes y encuentros urgentes” promete es un archivo donde libros y laboratorios de danza coinciden: esa simultaneidad no es más que el tiempo múltiple y divergente para salir de sí y sumergirnos en una experiencia artística compartida.

Yo, que estaba a punto de tirarme al tren sucio de la ciudad donde vivo, sin mucho dinero en el bolso, sentí algo de remanso cuando la puesta coreográfica contemporánea de Ana Karenina me devolvió a mis casillas: la angustia de una mujer imaginaria me hizo consciente, de golpe, sobre lo que significa dar un paso adelante para cambiar el decurso del destino. Agradecí haber ido al teatro como me ocurre cada que encuentro a quien baila o toca jazz en los andenes para que el ruido insoportable de las máquinas no sea lo único que debamos escuchar.