Nadie nos va a extrañar

Nadie nos va a extrañar

En 2024 se estrenó la primera temporada de Nadie nos va a extrañar. Con un humor orgánico, un grupo de protagonistas entrañable y, sobre todo, mucho corazón, la serie creada por Adriana Pelusi y Gibrán Portela conquistó al público, convirtiéndose en uno de los fenómenos más importantes de la televisión mexicana en los últimos años.

La primera entrega del programa cerró de forma contundente, con Memo (Axel Madrazo) suicidándose abruptamente. Aquello parecía ser el final definitivo de la serie, pero el público se quedó con ganas de más y Prime Video decidió extender la historia con una nueva temporada, en la que Marifer (Camila Calónico), Tenoch (Virgilio Delgado), Daniela (Macarena Oz) y Alex (Nicolás Haza) continúan su camino en en el último año de la preparatoria sin su amigo.

Con la universidad a la vuelta de la esquina, los protagonistas buscarán cuidar el negocio que construyeron juntos y al mismo tiempo disfrutar de los últimos días de esta etapa de sus vidas.

Una combinación que funciona

La serie, creada por Gibrán Portela y dirigida por Sebastián Sariñana, vuelve a apostar por esa combinación de coming of age, comedia, drama y nostalgia que convirtió a su primera temporada en un fenómeno entre quienes encontraron en sus personajes un reflejo de sus propias experiencias.

El elenco vuelve a reunir a jóvenes talentos como Nicolás Haza, Axel Madrazo, Virgilio Delgado, Macarena Oz, José Antonio Badía y Ella Valim, entre otros, mientras la historia amplía sus conflictos y divide su narrativa en varias pequeñas historias. Y quizá ahí está uno de los mayores encantos de esta temporada: Nadie nos va a extrañar entiende que crecer nunca ocurre de una sola manera.

Para quienes vivieron aquella época, la continuación llega acompañada de una sensación agridulce. La nostalgia por los amigos, los primeros amores, las fiestas y esa sensación de que el mundo todavía estaba por comenzar convive con el recuerdo social de un México golpeado por la crisis del 94 y por todo lo que significó el cambio de gobierno. La serie consigue recuperar parte de ese ambiente de incertidumbre sin convertirlo completamente en el centro de la historia.

Para los más jóvenes, en cambio, la serie funciona como un espejo. Cambian los celulares, las canciones, la ropa y las formas de comunicarnos, pero la adolescencia sigue teniendo los mismos fantasmas: querer encajar, enamorarse de quien no corresponde, sentirse perdido, pelear con los amigos y creer que cada problema es el fin del mundo.

Para quienes ya pasaron por ahí, existe algo todavía más doloroso: reconocer que aquellos días que alguna vez quisimos que terminaran ahora son precisamente los que quisiéramos recuperar. Porque, bien lo dice la propia serie: nadie quiere ser adulto.

También hay que aplaudir una de las decisiones más acertadas: su casting. La serie no cae en el cliché de presentar una adolescencia protagonizada únicamente por jóvenes blancos, perfectos y privilegiados que parecen sacados de un catálogo. En cambio, construye un grupo que se siente mucho más cercano a la realidad mexicana: diferentes rostros, personalidades, contextos y formas de relacionarse que hacen que el grupo parezca realmente una generación y no un desfile de estereotipos.

Hay algo muy valioso en ver una preparatoria que se siente habitada por personas que reconocemos, y no por una versión aspiracional de la adolescencia. Desde la dirección de casting, esta elección merece reconocimiento porque ayuda a que la serie conecte justamente desde lo cotidiano y lo imperfecto, haciendo que sea mucho más fácil encontrar un pedacito de nosotros mismos en alguno de sus personajes.

Sin embargo, esta temporada no está exenta de tropiezos. La historia se divide en múltiples minihistorias y mientras algunas consiguen desarrollarse con naturalidad, otras parecen pasar demasiado rápido por conflictos que necesitaban mayor profundidad. En ciertos casos, incluso se siente que determinados giros fueron forzados para otorgarles más protagonismo, provocando que algunas situaciones pierdan la espontaneidad que caracterizaba a la primera entrega. Y cuando una serie apuesta tanto por la nostalgia, la ambientación se vuelve especialmente importante.

La música y la edición siguen siendo importantes

La música continúa siendo fundamental para construir la identidad de Nadie nos va a extrañar. En algunos momentos funciona de maravilla y consigue transportar directamente a la época, mientras que en otros se convierte en un recurso demasiado evidente. Hay canciones que, además, rompen completamente la cronología. El ejemplo más evidente es “Ciega, sordomuda” de Shakira, lanzada hasta 1998, cuando la historia todavía se encuentra en un periodo anterior.

Hablando de la edición, hay momentos que simplemente sacan una ceja de su sitio. Uno de los clips acompañados por una canción de Gianluca Grignani tiene problemas evidentes de continuidad y montaje, al grado de que termina pareciendo una parodia involuntaria.

A eso se suma el abuso de zoom in y zoom out para intentar darle dinamismo a determinadas escenas. El recurso aparece tantas veces que eventualmente deja de sentirse estilístico y comienza a sentirse como un tic de edición. A pesar de todo, hay algo que la segunda temporada entiende muy bien: la nostalgia no consiste únicamente en recuperar objetos, canciones o referencias de una época. También consiste en recuperar una emoción.

Nadie nos va a extrañar sigue hablando de crecer cuando todavía no sabemos qué significa crecer. De amistades que creemos eternas, de amores que parecen imposibles, de decisiones que en ese momento parecen gigantescas y de la sensación de que tenemos todo el tiempo del mundo para descubrir quiénes somos.

En conclusión, la segunda temporada está lejos de ser perfecta. Sus problemas de ambientación, algunos cambios de personajes, la desigualdad entre sus minihistorias y ciertas decisiones musicales y de edición le restan fuerza a una propuesta que podría ser mucho más precisa.

Sin embargo, conserva algo difícil de fabricar: corazón. Y quizá por eso funciona. Porque debajo de los errores de continuidad, los anacronismos y los giros que no terminan de convencer, sigue existiendo esa sensación incómoda y bonita de mirar hacia atrás y pensar que, aunque en aquel momento queríamos crecer desesperadamente, quizá hubiéramos dado cualquier cosa por quedarnos un poquito más.