Natalia Lafourcade ofrece velada íntima

Después de poco más de cinco años de no lanzar canciones inéditas, Natalia Lafourcade tomó una decisión, encerrarse en sus espacios más íntimos, y recorrer su propio pasado para entender su presente y modificar su futuro. Bajo esa premisa nació De todas las Flores, su más reciente disco, que después de un año de su lanzamiento presentó ante un lleno Auditorio Nacional.

Y esa atmósfera íntima, dónde Natalia creó sus canciones, fue la que la artista buscó replicar en el escenario en la primera mitad de su concierto, con una lámpara de una luz tenue, opaca, con ella al centro, sentada en una silla y rodeada por sus músicos. Así, comenzó su repertorio, con un poema de María Sabina de fondo.

Entre ritmos lentos, canciones pacientes, sonidos de ambiente, que recuerdan a ríos, mares, y montañas, a naturaleza, y con una Natalia Lafourcade envuelta en un vestido tan largo como negro, fue que avanzó durante su concierto con las primeras canciones “Vine solita”, y “De todas las flores”, dos cartas de amor a sí misma.

Con su tema “María la curandera”, “Mi manera de querer”, y “Caminar bonito” comenzó su catarsis, su metamorfosis, y pasó de muchos silencios a envolver todo el Auditorio con su voz, entre sonidos de trompeta con sordina, guitarra eléctrica con tumbao latino, y percusiones afro antillanas, se levantó moviendo las caderas, para dedicar un tema a su público.

Después de un recorrido de una hora, con el tema “Muerte”, se consumó la transformación, Natalia se derrumbó en la tarima, se envolvió en su largo vestido, y se deshizo de él, emergió como se abre un capullo, o como sale una mariposa de su pupa, y desapareció durante unos minutos.