No premiarán a artistas de países en guerra

Fue inaugurado el proyecto dirigido por la arquitecta Arianna Laurenzi, completamente remodelado. Cortesía
Fue inaugurado el proyecto dirigido por la arquitecta Arianna Laurenzi, completamente remodelado. Cortesía

El jurado de la Bienal de Venecia de Arte determinó que no premiará a artistas que provienen de países que han cometido crímenes de guerra, entre estos Israel y Rusia.

“Este jurado se abstendrá de considerar a aquellos países cuyos líderes tienen cargos de crímenes contra la humanidad por parte de la Corte Penal Internacional”, declararon en un comunicado de prensa.

Solange Farkas, Zoe Butt, Elvira Dyangani Ose, Marta Kuzma y Giovanna Zapperi son los integrantes del jurado, quienes fueron elegidos por la recién fallecida curadora de la Bienal, Koyo Kouoh.

“Reconocemos la relación compleja entre la práctica artística y la representación nación-estado que provee la estructura central de la Bienal de Venecia, particularmente por cómo esta relación une el trabajo de los artistas con las acciones del estado que representan”, señaló el jurado.

Redefinen el arte global

La Bienal de Venecia vuelve a poner orden en su propio mapa. Tras meses de ausencia, el Pabellón Central en los Giardini reabre como algo más que un edificio renovado: es un gesto simbólico que busca recentralizar el discurso del arte contemporáneo en un momento donde la fragmentación cultural domina la conversación global.

El proyecto dirigido por la arquitecta Arianna Laurenzi, con el ingeniero Cristiano Frizzele como Jefe de Servicios Técnicos y Logísticos, está listo para recibir la edición 2026 de este, uno de los encuentros artísticos más importantes del mundo, del 9 de mayo al 22 de noviembre de 2026.

Durante su cierre, la Bienal operó sin su corazón histórico, desplazando el peso hacia el Arsenale y diluyendo la experiencia en múltiples ejes. Su regreso, ahora con una arquitectura modernizada, sostenible y flexible, no solo recupera un espacio físico: restituye una jerarquía. El “centro” vuelve a existir, y con él, la posibilidad de ordenar —o controlar— la narrativa artística internacional.

El movimiento no es menor. En un contexto donde el arte presume descentralización, diversidad y periferias activas, la reapertura del Pabellón Central parece ir a contracorriente. La Bienal no está abandonando ese discurso, pero sí lo está encapsulando dentro de una estructura más definida, casi como si buscara reconciliar el caos global con una nueva forma de curaduría centralizada.

Pero hay una tensión imposible de ignorar. Mientras el nuevo espacio apuesta por apertura, circulación y diálogo, el evento se desarrolla en un clima internacional marcado por fricciones políticas y debates sobre representación. La arquitectura propone fluidez; el mundo, en cambio, sigue levantando fronteras. Esa contradicción convierte la renovación en algo más complejo que un proyecto cultural: la vuelve un reflejo incómodo del presente.

Con la próxima edición curada por Koyo Kouoh, el nuevo Pabellón Central será también el escenario donde estas tensiones se materialicen. Más que inaugurar un edificio, la Bienal inaugura una pregunta: si todavía es posible hablar de un “centro” en el arte contemporáneo —y quién tiene el poder de definirlo—.