Obra de Jaime Labastida traducida al francés

Jaime Labastida, poeta y filosofo
Jaime Labastida, poeta y filosofo

La palabra, la guerra, el hombre, la historia, la naturaleza, el tiempo, el temor y la ira, las constantes dudas, la muerte, el amor, el movimiento, en fin, “el anhelo constante de vivir”: todos los temas que han preocupado al poeta y filósofo Jaime Labastida (1939) nutren el poemario En el centro del año.

Confeccionado a lo largo de 12 meses y publicado por la editorial Siglo XXI en 2012, este poema “edificado de modo novedoso, sin estrofas, como un continuo verbal y siguiendo el ritmo de las estaciones”, posee ya una edición bilingüe, español-francés, que se presentó, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.

“Es un poemario de acumulación de vida, de acumulación de experiencias. Y es quizás el poema que más me satisfaga, porque enfrento en él problemas de construcción, de lenguaje, problemas musicales, de ritmo, de orden conceptual. En él está presente todo lo que me preocupa y me ha preocupado a lo largo de mi vida”, comenta Labastida en entrevista.

“Nace quizá de todas mis alegrías, mis tristezas y frustraciones a lo largo de más de 75 años: problemas de orden social, la esperanza que se frustra, pero, pese a eso, la determinación de que hay que seguir luchando, viviendo”, agrega.

Traducido al francés por Frédéric Eugène Illouz, y coeditado con Ediciones Papeles Privados, En el centro del año (Au centre de l’année), dividido en cinco cantos, sigue el ritmo de las estaciones, pero consciente de que cualquier día puede ser el centro, ese lugar donde no hay tregua, donde se confunden el principio y el fin.

“En el centro del año está la luz, la luz solar. En ese sentido, estoy muy influido por los griegos. La verdad tiene que aparecer ante la luz, tiene que ver con ella, pues es fundamental que las cosas resplandezcan”, añade el ensayista.

El doctor en Filosofía por la UNAM evoca en su poema la lengua que tiene la capacidad de expresar tanto las palabras amorosas como las razones y la voz del fusil. Alude al hombre que nunca se conocerá a sí mismo, a “esos pequeños animales de un día”. Y cuestiona hasta dónde podemos alterar el curso de la historia, de la naturaleza.