En Inteligencia actoral, obra escrita y dirigida por Flavio González Mello, Paco Ramos, un veterano director de teatro, es invitado a trabajar en una película de Hollywood, por lo que abandona su proyecto actual a diez días del estreno: la puesta en escena de Hamlet. En su lugar, deja a un robot, una inteligencia artificial a la que le encomienda crear su propio Hamlet.
“Un reto actoral”, dice González Mello para Robert Beck, quien interpreta al director, al robot y al propio Hamlet que la inteligencia artificial imagina. “Lo que tenemos es a un actor que tiene un robot idéntico a él y al que deja en su lugar haciendo Hamlet, una obra en la que, por supuesto, la identidad es el centro del problema. Hamlet se pregunta quién es y cómo debe comportarse”.
Estas reflexiones sobre la identidad se desarrollan a través de tres tiempos: el pasado, hace cuatro siglos, cuando se desarrolla la tragedia de Hamlet; el futuro, época en el que transcurre Inteligencia actoral, y el presente, en el que ya se convive con inteligencias artificiales capaces de crear imágenes, canciones o textos. Es un ir y venir del pasado al futuro para preguntar qué vuelve histrión y qué vuelve, principalmente, humano a un individuo, explica González Mello.
Este futuro cercano, el escenario donde ya existen los robots, es representado con ciertos recursos ancestrales del teatro: la máscara, el títere y los cambios de vestuario. “El teatro tiene el poder de engañarnos y esto hace que adquiera una dimensión poética interesante”, considera.
Esta puesta en escena se inserta en una tradición cuyo eje es la inquietud por el doble. “En el teatro están las comedias de gemelos, casi un género de obras, donde un mismo actor juega y da vida a dos personajes diferentes que son idénticos por fuera. En el cine está ‘La doble vida de Veronika’”, abunda. Y explica que el libro definitivo para él fue El doble, de Fiódor Dostoyevski, “una de las novelas más alucinantes”.
Agrega que “nos preocupa la posibilidad de que haya alguien idéntico a nosotros porque es un problema que le resta peso a una de las cuestiones más importantes de la sociedad: nuestra singularidad como individuos”.
La obra retrata, además, las dificultades de montar una pieza en un tiempo en que los actores están monopolizados por las plataformas que hacen series o películas. “El teatro no puede competir con los salarios ni con la fama que da el entretenimiento audiovisual”, señala.











