"Fabián Rivera * CP. Una nueva misión nos lleva a visitar Chiapa de Corzo. Después de una ardua semana de celebraciones en que las chuntás fueron las encargadas de llevar la alegría a cada una de las casas de la colonial ciudad, ahora tocó el turno a los personajes más emblemáticos de la Fiesta Grande: los parachicos.
Con su montera de ixtle, una mascada protectora, una faja en la frente, el sarape multicolor, el pantalón con amplios faldones adornados con imágenes religiosas, el peculiar ""chinchín"" (sonaja de aluminio), coronada con la tradicional máscara de laca que recrea la fisonomía de los españoles, la indumentaria del parachico es una mezcla de credos y símbolos, parte fundamental de la identidad del pueblo chiapaneco.
El recorrido, que inició la mañana del domingo en la casa del patrón, Rubisel Nigenda, quien lleva más de una década a cargo, visitó la iglesia de San Jacinto, la Plaza del Parachico, la iglesia del Calvario, la iglesia de Guadalupe y terminó en el punto donde todo el movimiento iniciara, cerca de las 10 de la noche.
Además de las visitas obligadas a iglesias, gran cantidad de hogares chiapacorceños abrieron sus puertas para recibir la algarabía, que al grito de ""¡viva el Señor de Esquipulas, muchachos! ¡Viva el Consagrado, muchachos! ¡Viva San Sebastián Mártir, muchachos!"", caminaron a lo largo de todo Chiapa, llevando su mensaje: la Fiesta Grande sigue viva, y seguirá latiendo hasta el día 23 de enero.
Aunque es imposible contar el número de parachicos que participa a lo largo de la segunda semana de la Fiesta (que marca su inicio el 15 de enero, con la celebración del Señor de Esquipulas, alcanzado el clímax el día 20, de San Sebastián Mártir, para culminar el día 23, con el traspaso de los poderes del prioste), se han implementado diversas estrategias para poder realizar su conteo y ofrecer una cifra aproximada de quienes participan.
""Cada día son más, es imposible contarlos a todos"", reconoce Rubisel Nigenda, actual patrón de los parachicos. ""Estamos levantando una especie de encuesta, con el apoyo de instituciones educativas, para poder llevar a cabo el conteo"", agrega en entrevista.
Lo único cierto aquí es que la Fiesta, desde hace ya varios años (cuestión a la que se suma el reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco) recibe un sinnúmero de visitantes, y es necesario reformar la infraestructura de la ciudad para poder recibir a una gran cantidad de personas, que se congregan año con año para ser parte de esta tradición.
En el remolino
El movimiento llega a la Plaza del Parachico, donde un gran número de personas está reunido para esperar al patrón, que lleva, acompañado de una enorme comitiva, la imagen del Señor de Esquipulas, cuyo festejo marca el inicio de la salida de los parachicos, el 15 de enero.
Antes de su llegada, la Plaza hervía en emoción, pues la marimba formaba parte de la espera. Un amplio salón esperaba a la comitiva, que además de traer al Señor de Esquipulas, carga con las banderas, símbolos del apoyo de todos los barrios que conforman Chiapa de Corzo.
La sala misma conforma un amplio altar, que en el techo presenta las tradicionales enramas, que cuelgan de las vigas. Tres grandes enramas enmarcan las ofrendas a San Antonio Abad y a San Sebastián Mártir, que desde ahí observan silenciosamente a la multitud que llega a dejar flores o que sencillamente se persigna y reza un poco frente a ellos.
Finalmente, el patrón, en compañía de una larga fila de parachicos, penetra en la estancia para beneplácito de la concurrencia. Se forma una valla humana para permitir el paso del personaje, que carga al Señor de Esquipulas.
En esta instancia no es posible tener una imagen exacta de lo que sucede. Se escuchan los gritos ahuecados de los parachicos, que son apenas un murmullo contenido por la máscara de laca que les quema el rostro, ante el inclemente sol de la tarde chiapacorceña.
Una vez culminado el ritual de la entrega del santo, del milagroso Cristo Negro de Esquipulas, es imposible no seguir el ritmo de la música, es imposible no dejarse devorar por el remolino multicolor de la multitud de parachicos que se entregan a la devoción del santo.
¿Nacen o se hacen?
El mismo Humberto de Paz dice, con sus casi 6 décadas participando como parachico, que el parachico nace, no se hace. Y que la emoción de dejarse llevar por el ritmo del tambor y el pito, así como del incesante chinchín de los parachicos, no tiene comparación alguna. Es una suerte de epifanía.
Al respecto, detalla una anécdota: ""Dicen los viejitos, y eso yo también lo he visto, que quien está destinado a ser parachico, desde el vientre de su madre ya lo trae, ya sabe que va a bailar en la Fiesta.
""Tan es así que muchas señoras que, estando embarazadas, ven pasar a los parachicos y escuchan la música, dicen que el producto (el bebé) comienza a brincar al ritmo de la música de tambor y pito. Por eso la tradición no se pierde"".
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