Desde su poderoso debut con Fruitvale Station, Ryan Coogler ha demostrado ser un cineasta que sabe mirar al pasado sin perder de vista las urgencias del presente. Con Pecadores, se aleja del universo Marvel (Black Panther) y de la franquicia de Rocky (Creed) para entregarse a un proyecto personal, visceral, imperfecto y profundamente significativo: una fábula vampírica en clave afroamericana que se atreve a ser muchas cosas a la vez: western sureño, musical gótico, película de monstruos, alegoría histórica y que, pese a sus excesos, encuentra momentos de una fuerza y belleza difíciles de olvidar.
En el corazón de esta historia están los hermanos Smoke y Stack (ambos interpretados con carisma y doble registro por Michael B. Jordan), antiguos soldados y gánsteres de Chicago, que regresan al Mississippi profundo con la esperanza de fundar una cantina propia. En ese cruce entre redención y ambición, arrastran consigo a Sammie (un maravilloso debut del cantante Miles Caton), primo adolescente y prodigioso guitarrista, hijo de un pastor, y símbolo viviente de las contradicciones culturales de un Estados Unidos que, como se menciona en la cinta, ama la música negra, pero desprecia a quienes la crean.
Desde el primer acorde, Pecadores se sitúa en el lugar mítico del blues: la encrucijada donde el alma se negocia con el diablo, y donde la historia de los Estados Unidos muestra su rostro más vampírico.
Una superproducción
Hay dos elementos que sobrevuelan en todo momento sobre Pecadores. El primero es la búsqueda de la libertad en una época en la que ser negro en Estados Unidos equivalía a que era prácticamente imposible conseguirla. De hecho, los dos personajes de Michael B. Jordan funcionan en todo momento como un recordatorio de hasta qué punto se tenía que estar dispuesto a llegar para que no te pasasen por encima sin piedad.
El otro está vinculado de forma clara al primero y es la importancia de la música, en especial del blues. En muchas películas es algo que se usa como acompañamiento o para resaltar emociones o escenas concretas, pero aquí es algo que está grabado a fuego en el ADN de la historia, tanto por su naturaleza liberadora como por su capacidad para ir recogiendo multitud de historias y que no caigan en el olvido.
Sí es cierto que esto puede llevar a un ligero estancamiento en el tramo central de la cinta —ahí quizá habría podido recortarse un poco el metraje y acercarlo más a las dos horas—, pero no es nada grave y a su manera sirve para coger fuerza para la “fiesta” salvaje que viene justo después. Eso sí, incluso entonces hace acto de presencia y Coogler no tiene el más mínimo miedo e llevarlo al extremo en lo que podría haber sido un “despiporre”, pero acaba funcionando.
Una de las máximas de Coogler en Pecadores parece ser la de no tener ningún miedo a los excesos —incluso cuando eso podría haberle llegado a caer en el ridículo, como ese final que me hizo pensar de inmediato en cierta película de Quentin Tarantino— y utilizarlos a su favor para construir un trabajo que respira cine por los cuatro costados. Eso es algo que incluso aquellos que no conecten con lo que se propone aquí seguro que saben ver, ya que hay un cuidado exquisito por todos los apartados técnicos que cada vez es más raro de ver en una producción actual.
El genio detrás de todo
El guión de Coogler es denso, en ocasiones sobrecargado, pero también rico en simbolismo: la cantina, construida sobre un aserradero abandonado, se convierte en un templo profano donde el pasado esclavista, el presente de segregación y el futuro utópico coexisten durante una única noche.
Allí, Sammie se convierte en el médium a través del cual la música negra (del tambor africano al sintetizador afro futurista) invoca una visión caleidoscópica de lo que fue y lo que podría ser. Hay una secuencia particularmente electrizante donde su interpretación convoca no solo a los vivos, sino también a los espíritus del pasado, el presente y el futuro, como si el Delta se abriera para dejar pasar siglos de herencia cultural comprimida en un solo riff.
La dirección de Coogler apuesta por la grandilocuencia visual. Rodada en 65 milímetros con cámaras IMAX, la película ofrece texturas deslumbrantes (los trajes azul y rojo de Smoke y Stack, el sudor pegado a la piel, el polvo flotando en la luz de los ventiladores) pero también una cierta distancia emocional, provocada por los desenfoques y las sombras extremas.
El horror, cuando llega, se presenta como una eucaristía sangrienta: vampiros blancos entonando canciones celtas, una batalla ritual donde la música se transforma en arma, y una explosión visual donde el blues se convierte en metal y la cantina en campo de guerra. Es un clímax brutal, estilizado, excesivo, y profundamente político.












