Monterrey * Agencias. Llevar a escena una de las obras emblemáticas de la literatura latinoamericana no es tarea fácil. Cada espectador tiene su propia interpretación, su propia lectura, pues sus personajes forman parte del imaginario colectivo. Comala, como Macondo, es un sitio recurrente; los Páramo, como los Buendía, son fantasmas que nos habitan.
Así, dar forma escénica a una realidad simbólica que de alguna manera nos narra y nos define, es un reto enorme.
Jorge Lobo asume el desafío proponiendo un lenguaje teatral alejado del realismo y con un claro sentido metafórico. El escenario está vacío, el ciclorama permanece siempre iluminado, dando siempre una idea de espacio abierto, inmenso.
Sólo hay dos recursos escenográficos: una puerta, que permite ingresar a la dimensión fantástica de Comala, una silla y un trono, en el que permanece el cacique Pedro Páramo. Y en el centro un enorme círculo de arena, símbolo del eterno retorno del camino sin punto de llegada.
Juan Preciado aparece en escena; luego en medio de la penumbra, los personajes aparecen como presencias fantasmagóricas, inasibles irreales, como Susana San Juan.
De esta manera, el director construye imágenes que responden a la magia del texto de Rulfo. Sin embargo, estas imágenes no logran construir un discurso teatral que se sostenga. La ausencia de acción escénica, la inconsistencia dramatúrgica y unas actuaciones frías y deficientes, no concretan un discurso teatral, lo que pone en evidencia la ausencia de internacionalización del texto.











