PETIT LAPIN

PETIT LAPIN

Salvo raras excepciones, todos los niños pasan por una etapa más o menos larga de rabietas en la que resulta muy difícil entenderse con ellos. Tanto es así, que muchos psicólogos se refieren a ella como “la primera adolescencia”. Este periodo se presenta entre los 2 y los 4 años y se caracteriza porque el pequeño, ante el menor contratiempo, empieza a llorar, gritar y patalear. Sus ataques desproporcionados de rabia pueden prolongarse durante media hora y repetirse un par de veces al día, lo que hace que los padres acaben agotados y desmoralizados.

¿Sabes de qué hablamos? Para mejorar la convivencia diaria con tu pequeño, tan importante es que conozcas los motivos que le llevan a comportarse así, como las maneras más acertadas de afrontarlos.

Cuestión de inmadurez

Aunque tú sigas viéndole muy chiquitito, tu hijo ha dejado de ser un bebé grande para convertirse en un niño pequeño que ya no te necesita tanto: puede desplazarse de forma autónoma, comer solo, hacer que sucedan cosas a su alrededor. Él se da cuenta de sus muchas capacidades y esto le produce una sensación de poder y control que le encanta, pero que le lleva a confundirse: cree que la manera de reafirmar su personalidad es oponiéndose a todo lo que le dices. Por eso te desobedece, te contesta mal. Además, igual que ocurre en la adolescencia, a ti ya no te ve como una mamá buena que le apoya en todo, sino como una madre que le marca límites y le prohíbe hacer lo que se le antoja. A todo este cúmulo de sentimientos y emociones se une que tu pequeño aún no maneja el lenguaje lo bastante bien como para poder expresar con palabras sus vivencias internas.

Otro motivo por el que en lugar de decir “estoy enfadado” o “no me apetece nada lo que me pides”, opta por los gritos y el pataleo. La tercera razón de las rabietas infantiles es la intolerancia de los pequeños a la frustración: no pueden soportar que algo que se han propuesto les salga mal.

Claves para intentar prevenirlas

Procura que lleve una vida ordenada

Las rutinas evitan que acumule rabia porque convierten en automáticos los momentos más difíciles del día: dejar de jugar para comer, salir de la bañera cuando está entretenido.

Utiliza expresiones menos prohibitivas

A lo largo del día, sustituye algunos de tus “noes” por palabras como “¡para!” o “¡dentro de un rato!” Le frustrarán menos. Ten en cuenta su opinión en aspectos banales.

Si se porta mal, critica su acción (“no me gusta que arranques las plantas”) en lugar de a su persona (“¡qué desobediente eres!”). Así no se sentirá mal consigo mismo ni pensará que lo rechazas y tendrá menos necesidad de estallar.