Toda mi poesía ha sido ese diálogo con el crucificado, afirma José Ramón Enríquez. Pero no un encuentro dogmático, aclara el poeta y dramaturgo, sino “una charla con una divinidad que aparece como un ser que está colgado en una cruz y que está esperando que lo descuelguen”.
Para el escritor nacido hace 70 años, quienes están muriendo ahora cruzando fronteras, por ejemplo, “son ese crucificado”. Así que el diálogo que establece con ese Dios personal es “bastante violento” e incluso, admite en entrevista en Excélsior, ha llegado a preguntarle si ha fracasado, por el tipo de personas en que nos hemos convertido.
“Como creyente, para mí Dios no es sinónimo de soledad, sino de encuentro, de diálogo”, comenta el también ensayista vía telefónica desde Mérida, Yucatán, donde vive desde hace diez años y donde ha dado vida a su poemario más reciente, Decenio.
Confeccionado entre 2004 y 2014, este volumen publicado por Ediciones sin Nombre “está lleno de pleitos con Dios”, dice, “porque, por los momentos difíciles que se están viviendo en el mundo, lo que está ocurriendo con la violencia y la injusticia, ese Cristo aún está crucificado. Y ese Dios no es abstracto, yo hablo con él”.
El director de escena destaca que, además de Cristo, otra presencia fundamental en Decenio es el mar, ese horizonte en movimiento que quiso tener cerca, a 20 minutos, una de las razones para irse a vivir a Mérida.
“El poemario empieza ahí, cuando me voy a ver el mar, y en ese momento me acuerdo de lecturas y de personas. Es un libro de recuerdos y de evocación de autores como James Joyce y José Lezama Lima. Incluso, en algún momento juego con la idea de que el mar es Dios o que es el mejor ser que lo representa”, agrega.












