Pollo a lo grande: una conspiración

Pollo a lo grande: una conspiración

El comediante británico Mo Gilligan se somete a un reto singular: comer solo pollo frito durante 28 días, para demostrar el efecto físico y mental que este alimento genera en el organismo.

Con este propósito se produjo Pollo a lo grande: una conspiración de comida rápida, que, además de abordar el tema de la salud al someterse a una dieta basada en comer solo pollo frito, también hace un acercamiento a ciertas polémicas.

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Por un lado, se expone la controversia que existe alrededor de las corporaciones avícolas, desde la óptica de la explotación laboral en los mataderos, o bien, por la contaminación ambiental que generan estas naves industriales en las comunidades en las que están ubicadas.

Mindhouse Productions muestra, de manera paralela, el experimento al que se somete el comediante con testimonios de granjeros, activistas en derechos humanos, historiadores, trabajadores de la industria avícola y expertos en nutrición; opiniones que se recogieron en una travesía de Londres a Estados Unidos.

La investigación que se puede ver en Netflix se hace de manera abierta y revela además verdades sobre la explotación laboral y sobre las condiciones de las granjas industriales y los mataderos de animales.

La conclusión es una conformación de lo que ya se sabe: el pollo frito que se vende en cadenas comerciales de presencia en todo el mundo es un alimento ultra procesado, es muy adictivo y repercute de manera negativa a la salud. Además, su preparación tiene como base una fórmula diseñada para generar dependencia química y su consumo continuo trae como consecuencia deterioro físico.

Así que si se tiene antojo de una orden de pollo frito de cadena trasnacional hay que pensar primero en que lejos de estar consumiendo una proteína saludable, este producto altera el estado de ánimo y causa un rápido declive en la salud general debido a la alta carga de sodio y aditivos industriales.