Fue una amistad de senectud con un océano de por medio, durante cinco años Jorge Amado y José Saramago sostuvieron correspondencia donde comentaban sus achaques literarios y de salud.
Paloma, hija del brasileño, y Ricardo Viel, de la Fundación del Nobel portugués, han organizado y seleccionado aquella relación epistolar para el libro Jorge Amado José Saramago, con un mar en medio.
En los cinco años de carteo entre Amado (1912-2001) y Saramago (1922-2010) destacan los comentarios sobre las distinciones que les llegan o no. “Acabamos de recibir la noticia de que el Camões fue para Rachel de Queiroz”, le escribe Saramago en julio de 1993. “No discutimos los valores de la premiada, lo que no entendemos es por qué el jurado ignora ostensiblemente (casi apetecería decir: provocadoramente) la obra de Jorge Amado. Ese premio nació mal y va viviendo peor. Los odios son viejos y no se cansan”.
La posibilidad de que alguno de los dos autores consiga el Nobel, es tema recurrente en sus años epistolares, tanto que, en el caso de que llegue, se comprometen a invitar a la ceremonia al amigo derrotado.
“Hace años que Lobo Antunes anda por ahí diciendo que su objetivo es el Nobel”, le escribe Saramago. “Continuaremos, los demás, viviendo tranquilamente, mas no hay duda de que ese premio es una invención diabólica”.
Entre un revisión y otra, el autor de Gabriela, clavo y canela, anuncia que tiene ya diez páginas de Apostasía. “La idea es tentadora: la lucha por el poder entre los grandes señores feudales, los coroneles y la jerarquía católica. Me faltan por resolver los problemas de la narrativa propiamente dicha”.
En 1994, Amado recibe por fin el premio Camões, y el portugués le felicita: “Lo peor es que esto de los premios no es raro que traigan un resabio de amargura, y el Camões, no siendo ejemplar, es ejemplo. Tanta miseria moral mal escondida, tanta envidia, tanto deseo de muerte detrás de las fachadas compuestas de muchos, que en un momento dado van a ser juez y sentencia...Cuando recibas el premio piensa sólo en tus lectores, son ellos los que valen la pena”.
En 1997 se corta la comunicación epistolar. El corazón y la vista de Jorge Amado no aguantan. Sin leer, ni escribir, sin haber dictado nunca, el brasileño cae en una profunda depresión. Muy raras veces volvió a escribir hasta su muerte en 2001, la última el 8 de octubre de 1998, cuando le dijeron que su amigo ganaba el Nobel, entonces se levantó, llamó a Paloma y le dictó su última carta a Saramago.












