Reflexión sobre la educación virtual

Francisco Zúñiga, maestro y ensayista. Cortesía
Francisco Zúñiga, maestro y ensayista. Cortesía

Francisco Zúñiga González es originario de Teopisca, Chiapas. Nació el 30 de mayo de 1987. Actualmente se desempeña como profesor. Para dudas o comentarios, pueden escribir a [email protected].

Esta es la primera de dos partes de un ensayo escrito por él, que lleva por título “Reflexión sobre la educación virtual”.Todos los días antes de marzo, los docentes se despertaban por la mañana pensando en la hora de llegar a su trabajo. Escuelas, colegios, institutos, infraestructuras físicas invitando a niños, niñas y jóvenes a continuar con la anciana rutina de enseñar y demostrar lo aprendido. Quién pensaría que en estos últimos meses serían solo cajas vacías cargadas de recuerdos. La fábrica de creatividad e imaginación mutó radicalmente en un fenómeno futurista, algo que los adultos de diferentes generaciones pensaríamos que se vería con nuestros nietos.

La tecnología nos presiona para adaptarnos a ella; consolida su fe conociéndonos, seduciéndonos con un universo sedentario, inmóvil. Primero controló el entretenimiento y el comercio; ahora nos absorbe para educarnos. Aunque hemos encontrado una vía de comunicación que las y los estudiantes prefieren para expresarse libertina y libremente, el sistema educativo se ha emparentado con ella para atraer la atención de los educandos.

Como docentes, manipulamos a nuestro gusto el tiempo de vida de la mayoría de estudiantes, artífices de ideas propias; juzgamos y decidimos si se aproximan a una realidad objetivamente arbitraria, por lo que nuestras expectativas no se reflejan en las actitudes de los alumnos. La ambición del docente es generalmente simple: que el alumno aprenda y lo demuestre sin esfuerzo, sin aburrimiento.

En estos momentos la vía es diferente y, de cierta manera, novedosa. Creemos que por el hecho de ser una de las extensiones más utilizadas nos pondrán atención. El planteamiento es el mismo, por lo que el educando toma inconscientemente el derecho de pensar lo que él quiere, y lo hace del modo en que le es más espontáneo y natural.

El sentarse frente a una computadora para recibir una clase puede ser algo cuestionable. Videos por cualquier plataforma, padres comprometidos, otros vencidos; la frustración obliga a comprar paciencia fuera del hogar. Preocupación por una igualdad y misericordia educativa con el objetivo de culminar actividades y entregar evidencias digitales.

El docente funciona como aquel martillo que colisiona una y otra vez con el clavo para penetrar la madera, porque tiene la obligación de generar subliminalmente conductas benignas para la sociedad y, por otra parte, extirpar aquellas que no lo son. Recordemos que al docente se le convenció de dejar de ser paternalista para ser humanista.

Tantas teorías, enfoques, planteamientos de cómo comprender el funcionamiento y ejercitación de la masa pensante entre tus orejas, que expulsa a cada momento ideas, reacciones y emociones. La cibereducación aún no aclara cuál es la fórmula que nos permita domesticar el impulso humano, para procurar pensar y después actuar.

Pero hagamos una regresión acerca de nuestras primeras proezas y hazañas en el aprendizaje de la vida. ¿Cómo fue que las logramos? ¿Experimentando? ¿Alguien nos ayudo? ¿Utilizamos algo para apoyarnos? ¿Fue una casualidad, accidente o propósito?

El aprendizaje es sencillamente personalísimo, se incrusta en nuestra memoria, y si somos autodidactas atrevidos, cuando algo se nos dificulta nos alejamos unos pasos para observar desde otro ángulo y aplicar nuevas ideas o utilizar nuevas herramientas para apoyarnos. La necesidad nos compromete a avanzar. ¿Por qué no dejamos que el alumno se caiga y le permitimos levantarse reconociendo sus fallos?