A Horacio García Rojas, Gerardo Herrera le ha exigido algo más que interpretación: mirarse al espejo. El policía de Las Azules, educado para mandar, callar y ejercer el poder, representa una masculinidad que el actor conoce porque, dice, ningún hombre criado en México está completamente ajeno a ella. “Lo primero es hacer un autoanálisis: ¿qué tanto escuchas a las mujeres que rodean tu vida? ¿Las ignoras porque crees que sus opiniones son banales, torpes o innecesarias?”, comenta.
Reconocerse ahí incomoda. “Duele asumirse erróneo, duele asumirse incompleto”, admite.
Papel histórico
En la segunda temporada, Herrera tampoco puede escapar del hombre que aprendió a ser. Fue criado por un padre militar para convertirse en “el líder de la familia”, desde una violencia que no siempre deja moretones. “Dicen ‘pero no le está pegando’. No, pero al alma sí le está pegando”, señala.
Su personaje fue educado para mandar, endurecerse y reproducir una masculinidad heredada. A Horacio, el nacimiento de su hija lo obliga a mirar aún más profundo. “Cuando nació mi hija, mi mundo se modificó de una manera hermosa. Vino con el regalo de decirme: ya no eres tú lo importante”, expresó.
El policía deberá confrontar además su relación con el movimiento estudiantil de 1968 y sus omisiones. “El silencio mata”, dice sobre las omisiones de su personaje.
Para García Rojas, desmontar esa educación requiere valentía: “Estamos educados para replicar las cosas de los machos que nos rodean”. Por eso, reconoce, no busca absolver a Gerardo ni condenarlo. Busca entenderlo sin justificarlo.











