Sin apoyos ni recursos económicos oficiales, apenas con la bendición de la Iglesia católica y un par de ocasionales palmaditas en el hombro del arzobispo primado Norberto Rivera Carrera, don Miguel Francisco Macías ha trabajado durante casi 15 años en reproducir en la bóveda del templo de su colonia, en la Ciudad de México, la famosa pintura de Miguel Ángel que decora la Capilla Sixtina del Vaticano.
La obra lleva un avance de 80 por ciento e impresiona a quienes acuden a la parroquia del Perpetuo Socorro, pues está a una altura de 10 metros, “a diferencia de la original, que está a 20 metros, aquí se ve más cerquita y se aprecian mejor los detalles”, explica con orgullo Macías, jubilado del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS).
Una serie de eventos fortuitos llevó al ahora pintor a realizar la que será, no lo duda, la gran obra de su vida.
En entrevista con La Jornada, don Miguel, de 71 años, cuenta que en 2000 un compañero de trabajo, de profesión arquitecto, le pidió que lo acompañara a un viaje a Europa para celebrar la jubilación de ambos, pero Macías no contaba con el dinero necesario. El hijo del amigo lo animó al proponerle pagar la mitad de sus gastos con tal de que acompañara a su padre. Además, al contratar los paseos, la agencia de viajes hizo una rifa y ellos fueron los afortunados en ganar días extras en el viejo continente, con todo pagado.
Así fue como la suerte, o “los designios del Señor”, llevaron a don Miguel a Italia. Todavía se le pone la piel chinita cuando narra el momento en el que, luego de una tumultuosa fila de varios minutos, pudo por fin ingresar a la Capilla Sixtina, levantar la vista y mirar el esplendor de una de las obras más importantes del arte universal.
Ahí mismo notó que la cúpula era similar a la de la iglesia de su barrio; caminó unos pasos de aquí para allá, abriéndose paso entre los turistas, y comprobó que las medidas eran casi las mismas. Nadie pudo apartarlo ya de la idea de reproducir las pinturas de Miguel Ángel en su parroquia de la colonia Moctezuma.
“¡No sabía en la que me metía!”, confiesa ahora Macías, quien estudió la carrera de diseño gráfico, pero jamás ha tomado un curso o taller de pintura. Convenció al párroco de permitirle realizar su proyecto y un par de amigos arquitectos se sumaron a su entusiasmo; fueron quienes le ayudaron a sacar las proporciones de la bóveda.
Don Miguel decidió pintar con acrílico en lienzos de 15 por tres metros, y luego irlos pegando en el techo, “pues pintar todo el tiempo directamente, acostado, subido en andamios, era imposible”.
El dinero necesario lo ha juntado con la cooperación de los vecinos y fieles de la iglesia, y por supuesto con recursos de su bolsillo, lo cual le ha acarreado no pocos problemas con su esposa, quien a veces le reclama esa devoción a su pintura.
Dice que no lleva cuenta de cuánto ha invertido, ni cuántos lienzos, litros de pintura, pinceles, libros y pegamento ha comprado, “pues de lo contrario me más daría coraje tener conciencia de que nadie me ha apoyado”.












