El hecho de que sea adicto no necesariamente dice que es un mal ejemplo, al contrario, sin su existencia el heavy metal no sería lo que es hoy. Metallica, por ejemplo, no tendría el sonido que le ha abierto puertas internacionales. El Lemmy Kilmister quizá no hubiera formado Motörhead o Dave Mustaine no sería leyenda con Megadeth.
Su ADN data de la Segunda Guerra Mundial con sus padres, John y Lilian Osbourne, quienes crecieron iluminados por los bombarderos alemanes que descargaban ira en Coventry. Ellos vivían cerca, en Aston, donde Ozzy nació en 1948.
Creció en un ambiente de posguerra. Era el cuarto, luego de sus hermanas Jean, Iris y Gillian. Lo único que había en un ambiente de posguerra eran bares para cantar y consumir litros y litros de cerveza. Su padre no era alcohólico, pero le gustaba socializar con la bebida. Así fue como el pequeño comenzó a malearse.
Odiaba la iglesia. No era bueno en la escuela. La abandonó a los 15 años por ser un niño problema y su vida delictiva comenzó con hurtos de manzanas, pequeñas cantidades de libras y llegó hasta el allanamiento de morada, por el que pasó tres meses en prisión.
Todo fiel a la palabra de Black Sabbath debe de estar agradecido con The Beatles, porque fue el disco With The Beatles el que sentó al maniático Ozzy, quien soñaba con ser algún día como John, Paul, George y Ringo. Comenzó su andar con un letrero pegado en una tienda. “Ozzy busca concierto”, con su dirección para ir a citas. Se vendió como cantante con amplificadores.
Así fue como llegaron a su casa Geezer Butler (bajista), Bill Ward (baterista) y Tony Lommi, a quien conoció en el colegio como un gran guitarrista.
Comenzaron con polka en un baile de salón. Ozzy compuso “Black Sabbath”, “The Wizard”, “Evil Woman”, “Warpigs”, siempre inspirado en horror y los crímenes de Charles Manson. Se convirtió en el nuevo amo de las tinieblas.












