Se fue el último gran escritor del siglo XX

Con John Berger se va el último gran escritor del siglo XX. Nunca digerido por el establishment cultural a pesar de su enorme prestigio en Europa, la América anglosajona y el ámbito hispánico, logró al final de su vida tener toda su obra en circulación e influir en el pensamiento y las maneras de ver en distintas culturas del mundo. Aun así, llama la atención la relativa indiferencia mediática a la noticia de su muerte. Esa mezquindad confirma que Berger fue todo lo lúcido e incómodo que hiciera falta: su genio residía en la claridad.

De joven educó su mirada en las artes plásticas y luego enseñó a leer, ver y mirar la pintura, la fotografía, las literaturas y la realidad. De manera progresiva, extendió su mirada a los desposeídos y quienes luchan y resisten. Su cátedra conduce a la contemplación consciente y crítica del mundo. Comunista desde su natal Inglaterra, al final de su vida seguía sosteniendo con naturalidad: “Sí, entre otras cosas, sigo siendo marxista” (2005). No obstante, nunca cedió en estética y gusto a ideologías ni corrales. Su arte literario y crítico nace de la libertad.

Su espectro es muy amplio, y a la vez concentrado: cronista, novelista, poeta, crítico de arte, teórico de la fotografía, dramaturgo, guionista, ensayista virtuoso, a la altura de su gran admiradora Susan Sontag.

Como para pocos, nada humano le fue ajeno. “Homo sum; humani nihil a me alienum puto”, hace decir Terencio a Cremes en El atormentador de sí mismo, para justificar su intromisión dramática. Tal es la máxima favorita de Marx (según reportan sus hijas); asoma de Séneca y Cicerón a Nietzsche, y aflora en la curiosidad de Berger.