"Serie fotográfica ""Espaldas planas"""

Ariel Silva * CP. Para poder hablar de la lucha libre es necesario definir lo que es la cultura popular: ese modo de organizar el movimiento constante de la vida mundana y cotidiana. La cultura es el principio organizador de la experiencia; y es mediante ésta que ordenamos y estructuramos nuestro presente a partir del sitio que ocupamos en las redes de las relaciones sociales. Es nuestro sentido práctico de la vida. Es escape, evasión y aversión de la cruda realidad; que nos permite abrir las compuertas de la utopía y, a partir de ésta, proyectar otras formas de organización distintas a lo vivido. Es, en resumen, la fábrica de todos nuestros sueños y el principio de todas nuestras esperanzas.

Y es en la lucha libre amateur donde podemos encontrar tantos referentes culturales como deseemos, desde imaginarios colectivos y tradiciones locales hasta variadas mezclas entre personajes sacados de la televisión americana, clichés mexicanos y seres extraterrestres.

Esta práctica, considerada aún en la actualidad como un deporte dirigido a un sólo sector social: el de los pobres; se empezó a desarrollar en las carpas de los barrios populares del Distrito Federal, como en la colonia Doctores, Tepito, Nezahualcóyotl, el Toreo y Xochimilco, que poco a poco fueron convirtiéndose en mágicos lugares donde la fantasía y la realidad se adherían para engendrar personajes con los que el público se identificaba porque de alguna forma estos héroes hacían justicia hacia los abusos vividos en la cotidianidad de los espectadores.



Con poca expectación

A Chiapas, la lucha libre llega pocos años después sin causar el mismo revuelo que suscitara en las arenas del centro del país. Las condiciones del estado en ese entonces, como la dispersión geográfica, la pobreza extrema, el marcado indigenismo o el fuerte apego a las tradiciones y costumbres, no hicieron propicio que el espectáculo tuviera tanto éxito, sino hasta 1970, cuando se construye la primera arena y aparecen los primeros luchadores nacidos y entrenados en Chiapas.

Desde esos inicios, la lucha libre no ha gozado de reconocimiento económico, ni se le ha otorgado prestigio o dignificación al deporte. En este sentido, es importante destacar cómo el fenómeno también ha sido relegado por las ciencias sociales y el mundo del arte, pues es poco lo que han comentado al respecto escritores como Carlos Monsiváis, Cristina Pacheco y Elena Poniatowska, y son contados los artistas que han dedicado espacios al tema.

Las razones de que esto suceda son, básicamente, la gran difusión que se le da a la lucha libre profesional representada por empresas como la Triple A y el Consejo Mundial de Lucha Libre, que eclipsa a la lucha que se hace en provincia; y el gran número de dificultades que enfrentan los luchadores locales: la condición económica, el bajo nivel educativo, la falta de espacios y entrenadores, tener que lidiar con más de un empleo, lesiones, etcétera.



Acervo

En materia de fotografía se encuentran trabajos muy interesantes dedicados al tema, como el de la fotógrafa Lourdes Grobet. Sin embargo, en la mayoría de los casos se centra la atención en el luchador profesional. Ese que aparece en los canales de televisión, en la propaganda de productos, en camisetas y en demás afiches comerciales. Lo que provoca que el luchador amateur siga en el anonimato, sin que sea documentada su historia y sin que se tenga registro de sus hazañas, que más que luchísticas, son personales y verdaderas historias de vida.