No estaría de más acudir a Freud para tratar de explicar por qué una obra como La cantante calva, de Eugène Ionesco, ostenta el récord mundial de permanencia en cartel en un mismo teatro (La ratonera, de Agatha Christie lleva más tiempo, pero ha pasado por tres teatros londinenses).
El jueves, en el minúsculo Théâtre de la Huchette, en pleno Barrio Latino de París, responsables del local, actores, técnicos y espectadores celebraron juntos 60 años de programación ininterrumpida.
La obra, la primera de la treintena larga que escribió el francés de origen rumano Eugène Ionesco (Slatina, 1909-París, 1994), no se estrenó ahí sino en el Théâtre de Noctambules en 1950.
Pero desde el 16 de febrero de 1957 es representada cada noche (excepto los domingos) sobre el pequeño, encantador y desvencijado escenario de La Huchette, un teatro de bolsillo con capacidad para 90 espectadores bien apretados y situado en una de las calles más bullangueras y turísticas de París.
La versión y la puesta en escena a la que asiste el público es la misma que la de hace seis décadas, firmada por el actor y director teatral Nicolas Bataille, amigo íntimo de Ionesco. No se ha tocado ni un pelo. Los mismos biombos verdosos, el mismo vestuario raído, la misma lámpara de mesilla, los mismos 17 sonidos del péndulo.












