Se calcula que cien mil personas al año van a vivir a Los Ángeles para hacer carrera en la industria del espectáculo. Llegan de todas partes de Estados Unidos, de todas partes del mundo.
En sus lugares natales son estrellas, son inteligentes o divertidos o talentosos o guapos. Al llegar allí se suman a los cien mil que llegaron el año anterior y esperan a los cien mil que llegarán el siguiente, el siguiente, el siguiente.
En 1992 Sharon Stone era únicamente otra actriz del montón, tenía treinta y cuatro años, una melena rubia bien teñida, un impresionable físico que le garantizaba un dudoso amasijo de películas de bajo presupuesto que no había visto nadie, y un curioso papel en aquel divertido blockbuster de acción con Arnold Schwarzenegger, Desafío total.
Pero Sharon no era nadie. O nadie fue hasta que ese director holandés de poca monta, que prendado de ella se había quedado desde ese taquillazo de hacia dos años, se plantó en las oficinas de Sony al grito de: “Soy Paul Verhoeven y quiero a Sharon Stone en mi película”. El resto es historia.
Sharon, a punto estaba de abandonar sus sueños como actriz después de llevar más de una década intentando sobrevivir en una jungla que acababa de apartar de un manotazo a unas Demi Moore, Kim Basinger y Michelle Pfeiffer, cuando se negaron a pasearse desnudas en pantalla grande. Pero Sharon ya no tenía nada que perder y aquella universidad que la esperaba con matrícula abierta en Derecho ese mismo otoño jamás la llegaría a pisar.
En el Hollywood de 1992 la única realidad es que después de los más de 350 millones de dólares recaudados alrededor del mundo por Bajos instintos prácticamente todas desfilaron por las carteleras con títulos tan poco sutiles como Acoso, Lobo, Showgirls o, directamente y sin rodeos: Extremadamente peligrosa.
Solo una de ellas se iba a quedar atrás, la propia Sharon Stone. Mientras Michelle Pfeiffer cobraba tres millones por Batman vuelve frente a los diez de Michael Keaton, Stone daba la espalda a la industria.
“Tras Bajos instintos no me querían porque pedía igualdad”, declaraba a la revista estadounidense People en 2015. Lo cierto es que fue la cuarta película más taquillera de 1992 en Estados Unidos y la que más dinero amasó en toda la historia de España desde que se inventó el cinematógrafo, dejando bien claro lo necesitada que estaba.
De su aparición en 2010 en varios capítulos de la pesada Ley y Orden: Unidad de víctimas especiales, terminaría declarando a la edición estadounidense de Harper’s Bazaar: “¿Qué he hecho para merecerlo? Era humillante. Yo, que había trabajado con lo mejor de la industria, me decía: ‘Vaya, de verdad que estoy al final de la cola’. Llevaba unas medias baratas y una espantosa base de maquillaje blancuzca. No paraba de pensar: ‘Esto es horrible’”.
En el video rescatado de su casting para Bajos instintos no vemos por ninguna parte a una mujer que a punto está de abandonar su sueño de triunfar como actriz, como tantas y tantas que terminan por abandonar, sino a la perturbadoramente sexy Sharon Stone, que a punto estaba de rozar el cielo con las manos con una película que era un salto al vacío y sin paracaídas.












