Las jóvenes Rita Robles y Concepción Pérez, dos de las huérfanas educadas en el Colegio San Ignacio de Loyola Vizcaínas, bordaron con cabello humano sobre tela de seda, en el siglo XIX, las imágenes del Palacio de Minería y la estatua ecuestre de Carlos IV, respectivamente, con la técnica punto de Lausín o de litografía.
Estas dos piezas únicas, en las que se aprecia “el máximo grado de virtud y excelencia” que alcanzaron las alumnas, pertenecen al acervo textil de esta institución educativa fundada hace 250 años.
Entre las colecciones de pintura, fotografía, música y mobiliario que resguarda el colegio, único de la época colonial que se ha mantenido en funcionamiento hasta nuestros días, destacan las casi cinco mil piezas de textiles, tanto litúrgicos como ornamentales, producto de las muchas horas al día que dedicaban las niñas a bordar, entre otras “labores mujeriles”.
Entre las técnicas que aprendieron y utilizaron las niñas y jóvenes se encuentran el deshilado, el plisado, el bordado en relieve y el tejido con hilos de oro y plata, así como el uso del cabello humano, del que se conservan solo los dos ejemplos citados.
Fundado en 1732 por vascos residentes en la Nueva España y abierto en 1767 en un edificio barroco construido por el arquitecto José Miguel de Rivera, el colegio fue “una institución de resguardo, refugio y educación integral” para niñas y jóvenes huérfanas y mujeres viudas. “Aquí se les educaba en artes, oficios y ‘labores mujeriles’ para que, con el paso del tiempo, se pudieran sostener económicamente”, señala Berenice Pardo, directora del Museo-Colegio de San Ignacio de Loyola.
Añade que aquí estuvo, por ejemplo, la joven Josefa Ortiz de Domínguez y varias hijas de los integrantes del gabinete de Porfirio Díaz, quien le dio al colegio “un impulso enorme, pues encajaba perfectamente con su proyecto de modernidad. Incluso, su esposa se llevó textiles para exhibirlos en las exposiciones universales”, indica.












