Desde que dejó este mundo y sus personajes empezaron a vivir por los siglos de los siglos, cargando buena parte de sus enigmas, Miguel de Cervantes ha ido creciendo como un gran misterio. Tanto que la incesante catarata de teorías sobre su vida y su obra ha enfrentado sin tregua a los estudiosos. Los cervantistas —único autor español que merece disciplina propia— son una raza tradicionalmente mal avenida.
De la clásica discusión sobre el lugar de La Mancha con que comienza el Quijote —las principales candidatas para la elucubración de lo que no pasa de ser un sencillo recurso literario son Argamasilla de Alba y Villanueva de los Infantes— a la obsesión por despojarle del punto de vista romántico que pinta al escritor como amargado por su fracaso, la riña no parece tener fin…
¿Dónde nació? ¿De verdad sobrevivió al cautiverio de Argel con cuatro intentos de huida sin haber cedido a los favores sexuales de sus señores? ¿Se trataba de un converso? ¿Escribió el Quijote en catalán antes de que se publicara en castellano? ¿Era espía, comisionista, agente doble, triple…? La riña con Lope de Vega, ¿estaba movida por la envidia?
Las interpretaciones sobre sus zonas oscuras varían entre el sentido común y el disparate. En estos tiempos del cuarto centenario, además, quedan a expensas de titulares baratos.
“Entre puntadas de esgrima y cuchilladas anda la estirpe cervantina”, dice Andrés Trapiello en el prólogo de su obra Las vidas de Miguel de Cervantes (Austral). Desde la perspectiva del intruso escribió el autor esta biografía. No hace mucho, ha tenido el arrojo de traducir el Quijote al español actual. “Fue un trabajo que me llenó de placer cada tarde. En vez de enfrascarnos en polémicas absurdas, no sé por qué no nos preguntamos sobre sus claves más profundas”, asegura Trapiello.
En su reciente Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía (Taurus), lo expone: “No me creo que una obra así, llena de perfecto conocimiento sobre el ser humano y de compasión cumplidos los 50 años, fuera escrita por un hombre arisco, amargado, envidioso. Toda esa visión romántica que ha dominado los estudios durante tanto tiempo no se sostiene”.












