Saber que tras las alambradas, puertas de acero, guardias y pastores alemanes, en cajas, a 21º de temperatura y una humedad del 5 %, se ocultan millones de obras de arte. Suficientes para construir un inmenso museo y un nuevo relato de la historia que cambiaría nuestro entendimiento del pasado y nuestra relación con el presente.
Esos puertos varados en tierra son gigantescos almacenes que los multimillonarios utilizan para guardar oro, vino, antigüedades o arte sin pagar impuestos. La mercancía está técnicamente en tránsito y en este limbo fiscal puede vivir durante décadas. Solo el puerto franco de Ginebra cobija más de 1,2 millones de obras de arte.
De hecho, se cree que guarda mil piezas únicamente de Picasso. Aunque se sabe que hay cuadros de Klimt, El Greco, Rothko... El oligarca ruso Dmitry M. Rybolovlev llevó hasta allí su colección de 2.000 millones de euros, que incluye desde Les noces de Pierrette (1905), del genio cubista, hasta un Salvator Mundi, la última obra atribuida a Leonardo da Vinci. Pero ya no están. Tras denunciar a su antiguo asesor, Yves Bouvier, conocido como “el rey de los puertos francos”, por presunto fraude, las piezas andan —acorde con The New York Times— en Chipre.
Junto al rechazo moral que provoca ocultar un patrimonio que debería compartir toda la humanidad se añade la elusión fiscal y el blanqueo. ¿Se han convertido estos espacios en una franquicia de lo ilícito?
Aunque a veces lo parezca, el mercado del arte no es el Salvaje Oeste. Pero tampoco la cívica Suecia. Es un lugar, sobre todo, opaco. En junio del año pasado, Stiliano Ordilli, responsable de la Oficina Suiza de Blanqueo de Capitales, advirtió de que “debería haber una regulación real del mercado, por lo menos para proteger a los marchantes honestos”. Incluso el reconocido economista Nouriel Roubini, profesor en la escuela de negocios Stern, de la Universidad de Nueva York, que colecciona desde hace años, ha defendido en el Foro de Davos la necesidad de una normativa más estricta. Pero meter en vereda un mercado de 63.800 millones de dólares es complejo. “El arte comercia con activos de gran valor y es más sencillo subir un Miró de 10 millones de euros a un avión, y hacerlo desaparecer, que mover esa cantidad en billetes de 20”, observa en su despacho de Madrid un especialista en transacciones financieras que pide no ser citado.
Ni por aire ni por tierra, nadie sabe cuánto dinero se blanquea a través del arte. Pero dado el estallido de los precios durante los últimos años y la transformación de maestros como Picasso, Pollock o Bacon en activos financieros, la cifra debe de ser alta. Solo se sabe que el lavado de dinero —según la firma de servicios PwC— consume entre el 2 % y el 5 % de la riqueza del mundo.
Algunos expertos ven una cuestión de oportunidad. “Los criminales pueden escoger el arte por la falta de registros, el desconocimiento en las aduanas del valor real de las obras, la escasa vigilancia que existe en las transacciones artísticas y las opciones que ofrecen los paraísos fiscales y las sociedades pantalla para ocultar al propietario de las piezas”, desgrana Andrés Knobel, abogado y consultor de Tax Justice Network.












