Los artistas de Estambul intentan sobrevivir sin ceder al pesimismo a pesar de los atentados, los ataques a la libertad de expresión y las purgas masivas consecutivas al fallido golpe de Estado que han estremecido Turquía en los últimos meses.
La ciudad, que a principios de esta década estaba considerada un centro del arte contemporáneo “ya no es un lugar de ensueño y estamos aislados”, dice Vasif Kortun, director del Salt, un centro privado de arte inaugurado en 2012 en el barrio de Gálata.
“Antes, al menos una vez al mes, venían a verme curadores o artistas extranjeros, pero este año no he visto a casi nadie”, explica una artista de Estambul, preocupada por las dificultades de los jóvenes creadores turcos para darse a conocer en el extranjero.
Los atentados, la reanudación de guerra contra los kurdos y el endurecimiento del régimen del islamoconservador Recep Tayyip Erdogan están teniendo consecuencias en el mundo del arte.
“Es un país donde cada vez es más difícil vivir, sobre todo en el mundo del arte, que necesita libertad de expresión”, explica Kortun, que también dirigió un museo en Nueva York y lleva años poniendo en contacto a artistas turcos y extranjeros.
No hace mucho un policía en civil se presentó indignado en el centro Salt para protestar contra la proyección de una película sobre los kurdos. „No está prohibido“, le dijo Kortun, pero por la noche recibió una amenaza por teléfono: „Si vuelve a enseñar este tipo de cosas tendrá problemas”.
En enero, más de mil 200 intelectuales y artistas firmaron una “petición por la paz” que denunciaba la violencia del ejército en sus operaciones contra los kurdos.
Fueron acusados de “traición” por el presidente Erdogan y muchos están siendo perseguidos o han perdido sus puestos de profesor. “Nuestro espacio de expresión es cada vez más pequeño”, señala una de estas artistas que no quiso identificarse.












