Los tejidos coreográficos que se han desarrollado en Tuxtla Gutiérrez en materia de danza folclórica mexicana han sido realizados, en su mayoría, bajo una misma estructura; quienes se jactan de hacer coreografía folclórica más parecen construir calcomanías en serie que discursos coreográficos inspirados en los sucesos tradicionales de las comunidades de las diversas regiones del país.
Pablo Parga, maestro en educación e investigación artística, ferviente promotor de la danza folclórica en México, alumno de Waldeen, Josefina Lavalle y Evelia Beristáin por mencionar a algunas de sus maestras, proporciona en la introducción de su libro danza teatralizada, cinco guiones para la escena, el comentario que hiciera en algún momento César Delgado, investigador del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de la danza José Limón: “Si usted ya vio a un espectáculo de un grupo o ballet de danza folclórica mexicana, haga de cuenta que ya conoció a todos” (Parga, 2011).
En efecto, la danza folclórica mexicana no ha generado en Chiapas, desde la época de Amalia Hernández a nivel Nacional y Beatriz Maza a nivel local, nuevas propuestas coreográficas encaminadas a la interpretación de los procesos culturales folclóricos, los grupos de danza continúan repitiendo el repertorio –con algunas variantes, cuando el director del grupo es demasiado osado– de Hernández y Maza respectivamente, limitándose a codificaciones meramente técnicas en las que prefieren dar rienda suelta a los pasos adoptados europeos como la polka, o el zapateado, generando grados de virtuosismo en los que se olvidan incluso de lo que pregonan: el afán de mantener a fidelidad la danza tradicional o autóctona, aquella celebrada en los rituales de las comunidades rurales, en los carnavales o en las fiestas populares, encasillando la condición coreográfica de este género dancístico a cánones de repetición y cuadraturas específicamente débiles.
Gustavo Emilio Rosales menciona: “La danza escénica que se práctica en México ingresa al segundo milenio bailando entre tensiones de una contradicción fundamental. (…) cuenta con múltiples horizontes para el aprovechamiento de la amplitud de recursos y lenguajes. Asimismo, es dueña de la riqueza misma de su Ser cual poética, es decir, por un cosmos ordenado por imágenes propias que se cohesionan en el potencial del cuerpo como estructura inagotable de significación” (Rosales, 2007).
Por tanto y atendiendo a lo anterior, la danza folclórica no está ajena a la composición, es decir, a generar imágenes propias como asevera Rosales, en ésta también debe haber un proceso de pensamiento, de sensaciones e investigación tanto contextual como corporal, y por qué no, antropológica; que deberán integrarse en estructuras coherentes y armónicas para la “sublimación de los estados subjetivos” (Rosales, 2007).












