Solo somos narradores de sucesos

La creadora de la serie literaria Manolito Gafotas es la misma, pero es otra. Es la misma Elvira Lindo, la reconocida escritora española, pero el registro que ha usado en En la boca del lobo (Seix Barral), su nueva novela, es abismalmente distinto. En esta nueva historia que tiene como protagonista a Julieta, una niña que apenas está saliendo de su infancia, el universo que relata la autora es siniestro, oscuro y perturbador.

En esta novela, Lindo explora la herida profunda que se abre cuando las infancias son amenazadas por el horror de un lobo que vive en la propia casa. Un infierno feroz que la autora quiso contar siempre desde adentro, pero de manera literaria; sin dar de lleno al lector la historia cruda y descarnada, más bien guiándolo por los horrores de la naturaleza humana.

¿Cómo te preparaste para contar una historia tan dura?

Al ser al mismo tiempo una novela de misterio, había como una dosificación de esa información, aunque hay muchas claves desde las primeras páginas de la novela, hay muchas claves que no todos los lectores intuyen porque puede parecer una novela realista de una niña que con su madre va a pasar al verano a un pueblo, o sea, lo que muchos lectores piensan es que al final va a acabar el verano, la niña vuelve a su escuela y que aprendió de esa experiencia.

Pero eso tal vez crea cierta incertidumbre porque llega un punto en el que el lector se pregunta: ¿en qué se está convirtiendo la novela?, ¿en qué se está convirtiendo la historia? De pronto los tonos empiezan a cambiar, al mismo tiempo que acaba el verano de repente llega el otoño y todo empieza a cambiar, incluso cambia la voz que nos habla.

¿Contaste la historia desde las entrañas?

Yo estaba tan preocupada porque todo eso se contara bien, que podía sobreponerme al dolor de lo que estaba contando en la novela, y además yo estaba completamente dentro del alma de la niña, o sea, no narré la historia desde fuera. Está contada desde dentro. Yo pensé que yo podía haber creado esa voz narrativa con un habla habitual en una niña de 11 años, pero pensé que no se sostendría durante toda la novela, y lo que hice fue como penetrar en el alma y hablar desde el interior. Es la niña quien nos está hablando, nos cuenta lo que siente, lo que ve, pero no es un habla habitual, costumbrista, sino que es otra cosa diferente. Durante toda la novela nosotros estamos viendo los síntomas de ese dolor, pero no es hasta el final que tenemos la revelación. Es como si ella estuviera tratando de decirnos lo que le ocurre, pero no encontramos las palabras hasta que las leemos por escrito al final de la novela.

¿Te mantuviste en esa doble línea de ser ella y cuidar el lenguaje?

Si yo hubiera contado la historia de una manera literal que es lo que está muy presente en la literatura actual, podría haber hecho una exhibición de los escabroso de la historia, haber contado con precisión qué es lo que le ha sucedido a la niña, narrar el momento de lo que le está sucediendo, podía haber optado por eso, pero yo no quería eso; por un lado, fue una decisión literaria y también fue una decisión ética. Yo creo que cuento mejor cómo ha pasado el trauma por ella a lo largo de la vida desde otro lenguaje y con una especie de delicadeza.