En los pasillos del Instituto Nacional de Rehabilitación Luis Guillermo Ibarra Ibarra (INR), en el sur de la Ciudad de México, el ir y venir de usuarios y personal de salud convive con otro lenguaje inesperado en un hospital: el arte.
Visitantes con muletas cruzan el vestíbulo; algunos avanzan en silla de ruedas, acompañados por familiares o enfermeros. Se escuchan indicaciones clínicas y el murmullo constante de quienes esperan turno para rehabilitación cardiorrespiratoria, geriátrica o neurológica.
En medio de ese movimiento cotidiano, tres murales irrumpen en el paisaje clínico con figuras, colores y símbolos que invitan a detenerse unos segundos. “No hay nada peor que una intervención pictórica que nadie mira”, afirmó el pintor y muralista Alejandro Reyna García en entrevista. “Lo más bonito es cuando alguien se detiene y pregunta qué significa. Ahí es cuando la pintura realmente cobra vida”.
Dos de esas piezas pertenecen al artista, originario de San Luis Potosí, y permanecen sin título, mientras la tercera es Salvemos el universo (1996), del michoacano Eloy Trejo Trejo. Las pinturas forman parte de un conjunto visual que ha acompañado el desarrollo del complejo hospitalario durante décadas.
El recinto, dependiente de la Secretaría de Salud, abrió sus puertas en 2000 como Centro Nacional de Rehabilitación y con el tiempo se consolidó como uno de los espacios médicos más importantes del país. Rodeadas por muros blancos, consultorios y salas de espera, estas imágenes aportan otra dimensión al ambiente del lugar. El mural más imponente se encuentra en el vestíbulo principal del área de cancerología.
La creación de Reyna García se extiende por las paredes y parte del techo en una composición de gran escala donde aparecen cuerpos humanos, figuras médicas y símbolos anatómicos. Entre los personajes surge un detalle inesperado: el propio pintor, retratado como uno de los doctores del hospital. “Muchas de las figuras son imaginarias”, explicó el artista. “Pero mientras trabajaba pensé: ‘¿por qué no aparecer yo también?’, y decidí pintarme como médico junto con los demás”.
El gesto guarda relación con una etapa temprana de su historia personal. Antes de dedicarse por completo a la pintura, el potosino estudió dos años de medicina, experiencia que marcó su fascinación por la anatomía. “Desde niño pensaba que mi destino estaba entre ser médico o artista. Esos años me ayudaron a entender que lo mío era el arte, pero nunca perdí el vínculo con la medicina”, recordó.
Uno de los elementos más comentados del mural es la presencia de una mano humana y otra mecánica, símbolo del encuentro entre tecnología y sensibilidad clínica. Para Alejandro Reyna, “la medicina ha evolucionado de forma brutal. La idea de esas manos es mostrar que hoy conviven la técnica y la parte profundamente humana del cuidado”.












