Un réquiem para no olvidar a Mario Lavista

El compositor Mario Lavista amaba a su hija Claudia, a su nieta Elena y a su madre, María Luisa. Amaba también a sus primos, tíos, amigos, alumnos, colegas, esa familia extendida que se edifica desde los afectos más profundos. Amaba a Bach, Mozart y, sobre todo, a Debussy; a los cantos gregorianos, la pintura, la ópera, la música, incluso aquella que en su juventud escuchó al lado de sus amigos, como el rock inglés.

Su amor y su respeto era tal que por eso no tuvo reparo en advertir su desdén por la música que se toca en las iglesias ni en la que se compone con facilidad, por eso incluso rompió con la Sociedad de Autores y Compositores de México, que siempre definió como la cueva de Alí Babá, y se afilió a la española en el año 2000.

En el México de finales del siglo XX y principios del XXI no existe un músico que no le deba algo a Mario Lavista, ya sea como influencia musical, como maestro o como creador. Su mundo no se redujo a lo musical, pues con la fundación de la revista Pauta, en 1982, creó lazos estrechos con la literatura pues orilló a escritores, poetas y pintores a acercarse a la música desde los más diversos ángulos y pasiones.

“Desde el inicio quisimos hacer una revista propositiva en la que hubiera una reflexión sobre el quehacer musical contemporáneo porque me parecía fundamental. A partir de los inicios del siglo XX el arte en general y la música en particular, han sufrido cambios muy importantes y muy radicales que necesitan de una reflexión teórica. Además, me parece que Pauta siempre ha estado cruzada con la literatura. Hay una especie de linaje de escritores para los cuales la música es el centro de una reflexión acerca del hombre y del mundo”, contó en 2017.

Una de sus pasiones más profundas fue la música religiosa. “Me interesa que descubran la música religiosa, no las estudiantinas, Dios tiene muy buen gusto, no sé por qué creen lo contrario. La Iglesia tiene una incultura pasmosa”, dijo en 2016.

La vida de Lavista estuvo llena de reconocimientos y distinciones. Fue galardonado, por ejemplo, con el Premio Nacional de Ciencias y Artes y la medalla Mozart en 1991, la distinción de Creador Emérito por el entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes en 1995, y la Medalla Conmemorativa del Palacio de Bellas Artes, en 2006, otorgada por Conaculta y el INBAL. Desde 1987 formó parte de la Academia de Artes; en 1998 ingresó a El Colegio Nacional y fue miembro honorario del Seminario de Cultura Mexicana.

Sin embargo, sus intereses no estaban en la búsqueda de glorias. “El que quiera fama, que siga las reglas del juego”, dijo alguna vez. Lo suyo, decía, era el conocimiento, el encuentro con los suyos, la celebración de la vida. “Yo no me quiero morir”, declaró en 2013, a propósito de sus 70 años. Y es que, añadió, quería saber qué haría Elena, su nieta, con su vida.

La vida académica de Lavista ha marcado a generaciones enteras, fue profesor del Conservatorio Nacional desde 1970; alumnos como Gabriela Ortiz, Hilda Paredes, Hebert Vázquez, Javier Álvarez, Jaime Cortez, Ricardo Risco, Ana Lara, Jorge Ritter y Armando Luna, son parte de ese legado vivo.